Sabermetría

Leverage Index: cuánto hay en juego en cada momento

El WPA mide cuánto movió cada jugada la probabilidad de ganar. El leverage index da vuelta la pregunta: cuánto se podía mover, cuánta tensión carga un momento antes de que pase nada. Tom Tango lo dejó en una sola cifra —1 es un momento promedio, y un turno para ganar en el noveno vale diez veces más—.

Por Alberto Perdomo · 14 Ago 2026 · 20 min de lectura

Bases llenas, dos outs, cierre del noveno, el local abajo por una carrera. El estadio entero está de pie: un hit lo gana, un out lo pierde. Todo el mundo siente que ese momento pesa más que los demás, aunque nadie lo ponga en números. El leverage index —el índice de tensión de una jugada— sí lo pone: ese turno, entre 2023 y 2025, cargó diez veces más presión que una jugada cualquiera. En la misma escala, un turno con el juego 8-1, dos outs y las bases limpias en el octavo vale 0.01: mil veces menos.

En el artículo anterior vimos el WPA: cuánto sube o baja la probabilidad de ganar con cada jugada. Pero un jonrón con el juego 8-0 mueve la aguja apenas, y el mismo jonrón para ganar en el noveno la mueve entera. Esa diferencia no está en el batazo —es idéntico—, sino en el momento. El leverage index mide justamente eso: cuánto había en juego ahí, antes de saber qué iba a pasar. Igual que el Win Expectancy, el leverage es una propiedad de la situación, no de los jugadores: no sabe quién lanza ni quién batea. Describe cuánta probabilidad de victoria pone en juego ese estado del partido, no cómo lo van a resolver estos dos equipos.

Cuánto se puede mover el partido

El leverage index es cuánta probabilidad de victoria pone en juego un momento, comparada con la de un momento promedio. No mira el resultado de la jugada; mira el abanico de resultados que caben en ella y cuánto separa al mejor del peor. Con el marcador apretado y el juego por acabarse, un solo swing puede llevarse el partido: mucho en juego, leverage alto. Con el juego 10-1, pase lo que pase el turno casi no cambia nada: poco en juego, leverage bajo.

Se arma con la misma tabla del Win Expectancy. Para cada estado del juego se toman las jugadas que pueden salir de ahí —un hit, un out, un boleto—, cuánto movería cada una la probabilidad de ganar y con qué frecuencia ocurre; se promedia ese vaivén y se lo compara con el de un momento típico. Por construcción, el momento promedio vale 1.[1]

La cuenta la ideó Tom Tango en 2006, en su libro fundacional The Book: Playing the Percentages in Baseball, y su escala es fácil de leer. Uno es lo corriente. La mayor parte del juego, de hecho, transcurre por debajo: cerca del 60% de todas las situaciones reales tiene un leverage menor que 1, la rutina de un partido. De ahí para arriba, dónde empieza lo "alto" es cuestión de convención —Baseball-Reference traza la raya en 1.5, FanGraphs en 2—, pero el acuerdo es el mismo: los momentos que de verdad deciden son pocos, y el aire se enrarece rápido.[2]

De 0.01 a 10

Dos cosas inflan la tensión: que el juego esté por acabarse y que el marcador esté apretado. Nada las junta mejor que el cierre del noveno con dos outs, cuando cada jugada puede ser la última. La tabla que sigue es del equipo local entre 2023 y 2025, en ese instante exacto —noveno, dos outs—, según quién esté en base y cómo vaya el marcador:

Leverage index del equipo local en el cierre del noveno con dos outs, según corredores y marcador. Grandes Ligas 2023-2025 · SaberTables.
Corredores (9no, 2 outs)EmpatadoAbajo por 1
Bases vacías1.271.64
Corredor en 1B2.053.11
Corredor en 2B3.604.81
Corredor en 3B4.325.61
Corredores en 1B y 2B4.186.11
Corredores en 1B y 3B4.937.38
Corredores en 2B y 3B4.437.64
Bases llenas6.2210.42

La tabla se lee en dos direcciones. Hacia abajo, la tensión crece a medida que se llenan las bases: con el juego empatado va de 1.27 con las bases limpias a 6.22 con las bases llenas, porque cuantos más corredores hay, más puede cambiar el marcador de un solo golpe. Y de una columna a la otra, "abajo por una" pesa más que "empatado" en cada fila: yendo perdiendo, un out no solo falla en anotar, además acerca el final, así que en la jugada cabe más. Las dos fuerzas se encuentran en la esquina de abajo a la derecha: bases llenas, abajo por una, 10.42, el momento más cargado de todos los datos, muy cerca del techo que el béisbol permite —en el noveno, el leverage no llega mucho más allá de 11—. Un hit casi seguro lo gana; un out termina el juego. Todo lo que el deporte puede amontonar sobre un lanzamiento está amontonado ahí.

Para ubicar esas cifras conviene mirar los otros extremos. El primerísimo turno del partido —primer inning, sin outs, bases vacías, cero a cero— vale 0.97, casi exactamente el promedio: el juego arranca en tensión normal. Esa misma situación neutra, nadie en base y sin outs con el juego empatado, vale 0.97 en el primer inning y 2.24 al abrir el cierre del noveno: más del doble, sin que haya cambiado nada salvo cuánto juego queda por jugar. Y en la otra punta, los turnos que no deciden nada se hunden hasta casi cero: con el marcador roto por cuatro o más carreras, dos outs y las bases limpias tarde en el juego, el leverage baja a 0.01. Ese es el rango completo del deporte: de una jugada que no importa a otra que lo decide todo, con un factor de mil entre las dos.

La era no mueve el número

En el artículo del Win Expectancy vimos que la época sí cambia las cuentas: en la era del bateo, ningún déficit era tan definitivo, porque anotar costaba menos. Con el leverage esperábamos lo mismo, y salió lo contrario.

Comparé cuatro épocas de ambiente ofensivo radicalmente distinto: la era del pitcheo de finales de los sesenta —con 1968, el año del lanzador, cuando anotar era una hazaña—, la de mediados de los ochenta, la de más carreras de la historia moderna (2000-2003) y la de hoy. Sesenta años, y los dos extremos que ha visto el béisbol moderno. Y en los innings de reglamento, el leverage de casi cada situación es prácticamente el mismo en las cuatro: la correlación entre la era del pitcheo y la de hoy es de 0.99, y hasta los dos extremos ofensivos —1966-1968 contra 2000-2003— coinciden en 0.99. Un juego empatado entrando al noveno vale unas 2.1 veces un momento normal en todas; el turno más tenso posible ronda 10 en todas —entre 9.7 y 10.4, sin una dirección clara ni con el tiempo ni con las carreras—.

La razón es que el Win Expectancy y el leverage miden cosas distintas. El Win Expectancy es una probabilidad absoluta, y esa sí sube y baja con cuántas carreras caen: en 1968, una ventaja de una carrera valía más que en 2001. El leverage es relativo: mide cuánto pesa un momento frente al promedio de su propia época, y por eso no se mueve. La época cambia qué tan probable es remontar, pero no cuánto pesa un turno de bases llenas en el noveno frente a uno cualquiera: eso lo fija la estructura del béisbol —nueve entradas, tres outs, cuatro bases—, no cuántas carreras se anoten. Cambian los bateadores, los lanzadores y el nivel de ofensiva; el esqueleto del juego, y con él el mapa de la tensión, se queda donde estaba

Guardar al mejor para el peor momento

Que la tensión varíe tanto de un momento a otro no es solo una observación: una vez que se puede medir, se puede administrar. Es, en el fondo, lo que hicieron los equipos con sus relevistas. Durante décadas el bullpen se ordenó alrededor del salvamento. El mejor relevista —el cerrador— entraba en el noveno con la ventaja, y muchas veces ese noveno era cómodo: arriba por tres, nadie en base, un leverage que ni llegaba a 2. Mientras tanto, el momento de verdad peligroso —bases llenas, séptimo inning, empate, leverage de 4 o 5— le caía a un relevista de segunda fila. El leverage index puso el número que delataba el desajuste: el instante más caliente de un partido casi nunca es el noveno con ventaja.

De ahí salió una idea sencilla y discutida hasta hoy: usa tu mejor brazo donde el leverage sea más alto, haya salvamento o no. Para leerlo hay una medida hecha a la medida, el gmLI: el leverage promedio del momento exacto en que un relevista entra al juego. Es, en la práctica, el termómetro de la confianza del mánager. Un cerrador fijo —el del noveno de toda la vida— tiene un gmLI alto, aunque menos de lo que uno pensaría: el de Mariano Rivera, el arquetipo, fue de 1.81 en toda su carrera, con apenas tres temporadas por encima de 2; el de Trevor Hoffman, el segundo con más salvamentos de todos los tiempos, superó el 2 en solo cuatro. Es la señal de que ni los dos mejores cerradores de la historia vivieron en leverage extremo: el noveno con ventaja no siempre es el momento más caliente. Aun así, entra casi siempre con el juego en la balanza; el que limpia un juego one-sided —ya sea ganando o perdiendo— lo tiene por debajo de 1, porque entra cuando el resultado ya casi no está en duda. Antes, decir que a un relevista "lo trajeron en un momento grande" era una impresión de quien narra; el gmLI la vuelve una cifra.

El caso que volvió esto doctrina fue Andrew Miller con Cleveland en octubre de 2016. Terry Francona dejó de guardarlo para el noveno y lo soltaba donde el partido se decidía —a veces en el quinto, a veces en el séptimo—, contra el corazón de la alineación rival, sin esperar la situación de salvamento. No inventó el concepto, pero lo puso en una vitrina de postemporada, y desde entonces "el mejor relevista en el mayor leverage" dejó de sonar a rareza de sabermétrico.

Y no es teoría: el giro se ve en los números crudos. Durante las dos últimas décadas, la cantidad de lanzadores que sacaban al menos un salvamento en una temporada se mantuvo pegada a la misma banda —un promedio de 135 al año entre 2000 y 2016, unos cinco por equipo—. Después se disparó: 199 en 2019 y, ya consolidado tras la pandemia, por encima de 200 en cada una de las últimas cuatro temporadas —222, 214, 223 y 215 entre 2022 y 2025—, ocho por equipo. El salvamento dejó de ser el oficio de un solo hombre y se reparte cada vez más por todo el bullpen. El cerrador fijo no se ha extinguido —muchos equipos todavía tienen el suyo, convencidos de que el noveno es "el momento más importante del juego"—, pero la dirección no ofrece dudas: el rol se erosiona temporada a temporada, y gana terreno la idea de mandar el mejor brazo al mayor apuro, sea en el séptimo, el octavo o el noveno, esté "cerrando" o no.

La presión de un lanzador: gmLI, pLI, inLI, exLI

El gmLI —el leverage del momento en que un relevista entra— es apenas una de varias formas de resumir cuánta presión cargó un lanzador, y las otras cuentan cosas distintas. El pLI es el promedio de todos los turnos que enfrentó: su nivel de tensión de fondo, sin importar cuándo entró ni cuándo salió.[3] El inLI mide el leverage al comenzar cada inning en que lanzó, y sirve para ver si a un relevista lo mandan a abrir entradas limpias de alta tensión o a limpiar las de baja. Y el exLI es el del momento exacto en que dejó el montículo.

Juntos, gmLI y exLI cuentan una pequeña historia. Un relevista que entra en un apuro —gmLI alto— y sale con el juego ya calmado —exLI bajo— es el que apagó el incendio: heredó la tensión y la desactivó. El que entra con la casa en orden y la deja en llamas hace lo contrario. La diferencia entre cómo recibió el juego y cómo lo entregó dice, en una resta, si sumó o restó en los momentos que le tocaron.

El mérito sin el momento

El leverage también corrige cómo se valora a esos brazos. Como el WPA guarda más en los momentos calientes, el WPA de un cerrador viene inflado por el simple hecho de que su rol lo pone ahí: parte de su mérito es dónde entra, no el brazo. Al dividir por el leverage aparece el relevista en limpio, y a veces asoma el brazo que ha lanzado igual de bien sin que todavía le confíen los grandes apuros: el próximo cerrador, antes de que nadie lo llame así.

Y eso abre la pregunta más honda que resuelve el leverage. El WPA premia por el cuándo, no solo por el qué. Dos sencillos idénticos —uno en el segundo inning de una paliza, otro en el noveno de un juego cerrado— valen mundos distintos en WPA, aunque el batazo sea el mismo. Para contar la historia de un juego, eso es exactamente lo que se quiere. Para juzgar a un jugador, es injusto: nadie elige el momento en que le toca batear.

El WPA/LI arregla eso dividiendo el WPA de cada jugada entre el leverage de su situación. El resultado —las "victorias situacionales", o el aporte en contexto neutro— mide cuánto sumó el jugador al margen de si le tocaron momentos grandes o chicos; su promedio es cero, y compara de igual a igual a quien vivió en el fuego con quien jugó siempre en calma.

Tiene una virtud que ninguna cuenta tradicional captura: pondera cada jugada por lo que el momento pedía. Con las bases llenas, el juego empatado y el cierre del noveno, un boleto empuja la carrera del gane igual que un jonrón, y el WPA/LI es de las poquísimas medidas que en esa situación le dan al boleto el mismo crédito que al batazo. Dave Studeman lo mostró de la forma más rara posible, con un no-hitter combinado: al relevista que lanzó el noveno le cae, en WPA, muchísimo más crédito que al abridor que tiró seis innings, porque el último out de un no-hitter es leverage máximo —un hit lo arruina— mientras que en el primero un hit apenas movía la aguja. Dividir por el leverage devuelve el reparto justo, y cuadra, out por out, con cuántos bateadores enfrentó cada uno. Es el leverage trabajando por dentro.

Clutch: lo que el número no promete

Y llega la pregunta que todo el mundo hace tarde o temprano: ¿quién es clutch? El leverage mide cuánto hay en juego, no quién responde cuando lo hay; pero de él sale también el intento de medir lo segundo. El clutch es una resta: Clutch = WPA/pLI − WPA/LI, es decir, lo que un bateador produjo ponderado por el leverage real de cada turno, menos lo que produjo repartido como si todos los turnos pesaran igual. Positivo, hizo más de su daño cuando el juego estaba en juego; negativo, se encogió en los apuros.

La trampa está en leerlo como una virtud del jugador. El clutch describe lo que pasó, pero casi no anuncia lo que viene: de una temporada a la siguiente salta de signo casi al azar. Un análisis sobre estos mismos datos encontró que el rendimiento en alto leverage prácticamente no predice el del año siguiente. El R² —una medida de 0 a 1 de cuánto una cosa anticipa a otra, donde 1 es predicción perfecta y 0 es puro azar— apenas dio 0.0009: a efectos prácticos, cero. Existen las temporadas clutch; lo que no aparece por ningún lado es el bateador clutch como rasgo estable, esa etiqueta que se le cuelga a alguien de por vida. El leverage puede certificar que la situación pesaba y que el tipo respondió esa vez. No puede prometer que lo repetirá.

El clutch de la narración

Hay una versión de gradería del clutch que no necesita fórmulas: batear con corredores en posición anotadora —en segunda o en tercera, la carrera a un hit de distancia—. Es la cifra que la narración repite sin parar ("fulano batea .320 con corredores en posición anotadora") y que muchos toman como la prueba de quién aparece cuando importa. Pero su defecto es de raíz: cuenta igual un hit con un corredor en segunda perdiendo por ocho que ese mismo hit con el juego en la línea, como si los dos momentos pesaran lo mismo. La leverage sabe la diferencia —para eso existe—, y por eso mide la presión mucho mejor que el simple "batea tanto con corredores en posición anotadora".

Y dice mucho menos de lo que promete. Un estudio de FanGraphs Community lo puso a prueba: el OPS con corredores en posición apenas explica el éxito de un equipo —un R² de 0.31— mientras que el OPS de la temporada completa lo explica casi entero —0.91—. Al revés, lo que sí predice cómo batea un equipo con corredores en posición es su ofensiva general (un R² de 0.65 a 0.75): no hay una habilidad clutch aparte; hay buenos bateadores que batean bien en todas partes, incluidos esos momentos

El ejemplo del estudio son los Cardenales de San Luis. En 2013 batearon de forma escandalosa con corredores en posición y se los coronó como el equipo clutch por excelencia; en 2014 el número se desplomó. No fue que se les fuera la magia: fue que su ofensiva entera bajó y arrastró el dato con ella. Igual que el clutch fino que sale del leverage, el de la narración describe lo que pasó una temporada, pero no anuncia la siguiente. Cuando una cuenta salta de un año a otro sin dejar rastro, casi siempre es ruido con nombre bonito.

Toda la teoría en un solo swing

Pongámosle números a todo lo visto con una sola jugada: el jonrón de Joe Carter que cerró la Serie Mundial de 1993 —Juego 6, cierre del noveno, Toronto abajo por una, el mismo que cruzamos en el artículo anterior—. La conexión disparó la probabilidad de ganar de Toronto hasta el 100% y significó un WPA de 0.65: dos tercios de una victoria en un swing. La leverage de ese turno era 7.18, siete veces la de un momento cualquiera y cerca del techo que el béisbol permite. Al dividir uno entre otra, el WPA/LI da 0.09: eso fue el batazo en limpio, despojado del momento —un buen swing, no un milagro—. Y el clutch —cuánto rindió de más por hacerlo en un momento tan por encima de lo normal— da 0.52: la fórmula es WPA/pLI − WPA/LI, y ese año Carter, como bateador de todos los días, vivió casi en leverage promedio (pLI 1.07).[4] En crudo: como pieza de bateo el jonrón valió 0.09; como clutch, 0.52.

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Del otro lado del plato, Mitch Williams se llevó el reflejo exacto en las dos primeras cuentas: −0.65 de WPA, −0.09 en limpio; el leverage reparte castigo y premio en la misma medida. En el clutch, en cambio, el reflejo se rompe. Williams era cerrador: en todo 1993 vivió en un leverage de 2.07, el doble de lo normal, con un WPA que promediaba casi cero por bateador —un año entero rondando el equilibrio, y esta sola bola que pesó más que cientos de sus turnos—. Y como el clutch mide a cada quien contra su propio leverage habitual, el suyo en esa jugada da −0.23, no el −0.52 que uno esperaría de un espejo.[5] La razón es elegante: para Carter, bateador de todos los días, ese 7.18 fue enorme frente a su rutina (pLI 1.07); para Williams, que ya vivía en el fuego, estaba alto pero mucho más cerca de lo suyo. Brillar en un apuro que casi nunca se pisa premia más de lo que castiga fallar uno al que le pagan por pitchearlos.

Ahí está, en un solo swing, todo el andamiaje: el WPA que cuenta la historia, el leverage que mide lo que había en juego, el WPA/LI que aísla el mérito, y el clutch que —midiendo a cada quien contra su propio guion— separa lo que hizo de cuándo lo hizo.

Conclusión

El leverage ni corona ni pronostica: es el lente que dice cuándo mirar. Y la misma idea escala sin romperse. Sky Andrecheck la estiró del turno al calendario entero: su championship leverage index mide cuánto pesa un juego en la carrera por la Serie Mundial, con un partido cualquiera de temporada regular valiendo 1 y el séptimo juego de una Serie Mundial valiendo 178 veces más. De la bola con las bases llenas en el noveno al último out de octubre, es siempre la misma pregunta: cuánto hay en juego, comparado con lo normal.

Por eso el WPA de un walk-off es gigante, por eso al mejor relevista conviene soltarlo en el apuro del séptimo y no guardarlo para un noveno cómodo, y por eso seguimos discutiendo quién es clutch aunque el número avise de que eso no se repite. El leverage no juega ni decide nada por sí mismo: solo señala, con una precisión que la gradería intuye pero no sabe decir, el momento exacto en que todo puede cambiar.

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El leverage index de este artículo corresponde al equipo local en las Grandes Ligas, bateando en el cierre de cada entrada, con datos de 2023 a 2025 salidos de SaberTables (sabertables.com) sobre datos de Retrosheet. La comparación entre épocas usa además las tablas de leverage del local de 1966-1968, 1984-1986 y 2000-2003, de la misma fuente. El conteo de lanzadores con al menos un salvamento por temporada (1951-2025) sale de los registros de salvamentos de Grandes Ligas. Los umbrales de leverage, la fórmula del clutch, su falta de repetición y el championship leverage index provienen de las fuentes citadas abajo.

Fuentes

  • "Leverage Index (LI)", MLB.com Glossary. Enlace
  • "Get to Know: Leverage Index", FanGraphs. Enlace
  • "Leverage Index" (anuncio original, 8 de mayo de 2006), FanGraphs. Enlace
  • "Library Update: Leverage Index", FanGraphs (Instagraphs). Enlace
  • "WPA/LI", FanGraphs Library. Enlace
  • "Get to Know: WPA/LI", FanGraphs. Enlace
  • "Talking About Situational Wins" (Dave Studeman), The Hardball Times. Enlace
  • "What a No-Hitter Tells Us About WPA/LI" (Dave Studeman), The Hardball Times. Enlace
  • "Talking About Situational Wins" (Dave Studeman), SABR. Enlace
  • "On Runs, Wins, and Two Types of Leverage Index", Baseball Prospectus. Enlace
  • "Champ LI: Championship Leverage Index" (Sky Andrecheck), Baseball Analysts. Enlace
  • "Relievers: Using Leverage Index", BaseballHQ. Enlace
  • "Relievers: Adding LI Skills Indicators", BaseballHQ. Enlace
  • "Sabermetric Mining: Relief Pitchers, Part 2 — LI/WPA" (Blake Murphy). Enlace
  • "Traditional closers fading away as bullpen usage evolves", MLB.com. Enlace
  • "Grasping the Clutch in Baseball: Leverage Index" (Luke VanHouten), Medium. Enlace
  • "Taking a Closer Look at Hitting With Runners in Scoring Position", FanGraphs Community. Enlace
  • "Situational Wins (WPA/LI): The Best Advanced Stat", r/baseball. Enlace
  • "Leverage Index (LI) leaderboards", StatCorner. Enlace
  • "Leverage Index in Baseball", MetricGate. Enlace
  • Tabla de Leverage Index del equipo local (inning, outs, corredores, diferencia de carreras), 2023-2025, generada en SaberTables (sabertables.com) con datos de Retrosheet.

Notas

  1. Cómo se arma, en una línea: para cada estado se promedia el cambio absoluto en la probabilidad de ganar que producirían las jugadas posibles, ponderado por su frecuencia, y se divide entre el promedio de ese mismo vaivén en todo el juego (alrededor de 0.034 de probabilidad por jugada); de ahí que la media de la liga sea 1.

  2. Cerca del 60% de las situaciones reales tiene un leverage menor que 1. Dónde empieza lo "alto" es convención: Baseball-Reference lo marca en 1.5 (alrededor del 20% de los turnos) y FanGraphs en 2 (alrededor del 10%). Para un bateador existe además el phLI, el leverage promedio de sus turnos como emergente.

  3. El pLI no es solo de lanzadores: también se calcula para bateadores, como el leverage promedio de sus turnos al bate. En este artículo, el de Carter en 1993 fue 1.07 y el de Williams, 2.07.

  4. Clutch = WPA/pLI − WPA/LI. Con el pLI de Carter en 1993 (1.07) y el leverage del turno (7.18): 0.65/1.07 − 0.65/7.18 = 0.61 − 0.09 = 0.52.

  5. El clutch de Williams en esa bola: −0.65/2.07 − (−0.65/7.18) = −0.32 + 0.09 = −0.23. No es el espejo del de Carter (+0.52) porque cada uno se mide contra su propio pLI —1.07 el de Carter, 2.07 el de Williams—.