Los dos acusados que tienen cara (2/6)
Quedan los dos acusados que el fanático ve en la pantalla y recuerda por su nombre: los umpires, que deciden cada bola y cada strike, y las figuras, que sostienen el vínculo con el equipo. La investigación los mide a los dos contra la serie histórica de Grandes Ligas.
Serie: El fanático no se equivocó. Se equivocó de culpable — Parte 2 de 6
Inicio de la serie:
Parte 1 — Los cinco sospechosos de siempre
La primera entrega descartó las cinco explicaciones más visibles, pero la queja siguió en pie. Quedan dos sospechosos con rostro: los umpires, que deciden cada bola y cada strike, y las figuras, que sostienen el vínculo del fanático con su equipo. Si tampoco fueron ellos, la investigación tendrá que cambiar de dirección.
Teoría 6: los umpires arruinaron el juego
Sexta sospecha: que los umpires de hoy cantan peor que los de antes y que ahí se fue el esplendor del juego.
Hay que empezar por el límite, porque es grande. La ubicación de cada lanzamiento está registrada desde 2008, así que no hay manera de comparar a los umpires de hoy con los de 1975. Pero tampoco la tiene quien hace la afirmación: de los umpires viejos no existe una sola medición. Lo que sí se puede medir es la época en que la queja se volvió ruidosa, y esa empieza justo donde empieza el dato.
En esa época mejoraron, y no por poco. Tomando solo los lanzamientos que el bateador deja pasar —los únicos que el umpire tiene que juzgar— el acierto pasó de 86.2% en 2008 a 91.3% en 2025. De cada cien pelotas que cruzaban la zona, en 2008 cantaba bola en veintidós; en 2025, en quince. Y los strikes regalados fuera de la zona bajaron de 9.2 por cada cien a 5.3.
La cuenta se detiene en 2025 a propósito. En 2026 entró el sistema de desafíos con zona automática, y a partir de ahí ya no se está midiendo al umpire solo.
Aun así vale la pena mirar ese primer año, aunque sea de reojo. Con el sistema de desafíos puesto, la precisión medida hasta el 30 de agosto de 2026 quedó en 91.5%, contra 91.3% en 2025: dos décimas. El aparato no llegó a corregir a un umpire que estuviera fallando mucho, y tampoco podía: los desafíos son dos por equipo y el umpire sigue cantando cada lanzamiento. La comparación no es exacta, además, porque en 2026 la zona se define como proporción de la estatura del bateador y la vara con la que se mide el acierto no es la misma de antes. Se nota en cómo se repartieron los errores, que se dieron vuelta: en 2025 al umpire se le escapaban strikes buenos y en 2026 regaló más de los malos.
Volviendo a la mejora de esos quince años: no es suerte, y tampoco es misterio. Se llama Zone Evaluation, entró en 2009 sustituyendo al viejo QuesTec. La cámara ya existía; lo que trajo de nuevo fue que el umpire empezara a ver sus propios errores, en línea y lanzamiento por lanzamiento, al día siguiente de cometerlos. Y la vara se ha ido apretando: en el convenio firmado con el sindicato de umpires en diciembre de 2024, el margen de tolerancia con que se les evalúa pasó de dos pulgadas a tres cuartos de pulgada en todos los bordes de la zona.
El efecto de esa tolerancia más estrecha se ve enseguida. En 2025, la primera temporada bajo ella, los umpires cantaron menos strikes de todo tipo: los regalados fuera de la zona cayeron al 5.3%, el mínimo de la serie, y a cambio se les escaparon más strikes buenos. Les cambiaron la medida y cambiaron el comportamiento en un año.
Y no hay que creerle solo a este artículo. Un trabajo de Post, Tang y Zimmerman publicado en 2025 en la revista Journal of Sports Analytics midió lo mismo sobre cinco millones de lanzamientos cantados en 36,527 juegos, con otra definición de zona y otro método, y llegó al mismo sitio: de menos de 86% en 2008 a casi 92% en 2023.
Así que la respuesta a la sospecha es clara: los umpires de hoy son los más precisos desde que existe una medición objetiva. Son también los primeros a los que se puede medir, y no solo desde las oficinas de MLB. Desde que la transmisión dibuja el recuadro de la zona en la pantalla, cada fanático en su casa es un umpire con instrumentos. El de 1975 tenía que confiar en su ojo o gritarle a la televisión; el de hoy ve la pelota, ve la caja y sabe antes que nadie en el estadio quién tuvo razón.
De ahí sale, probablemente, la paradoja: nunca desde que se mide se ha cantado tan bien, y nunca ha sido tan fácil verles cada error. No es que fallen más. Es que ahora se les ve fallar.
Pero al medirlos apareció otra cosa, y esa sí le cambió el juego a todo el mundo.
Tabla 2.1. La zona que se canta, por altura sobre el plato
| Año | 1.25-1.50 pies | 1.50-1.75 | 3.25-3.50 | 3.50-3.75 |
|---|---|---|---|---|
| 2008 | 2.1% | 25.3% | 58.0% | 11.7% |
| 2009 | 2.4% | 26.1% | 60.0% | 13.4% |
| 2010 | 3.4% | 31.5% | 56.7% | 12.3% |
| 2011 | 4.9% | 37.1% | 61.4% | 15.0% |
| 2012 | 7.9% | 47.9% | 59.3% | 12.7% |
| 2013 | 11.2% | 56.1% | 59.8% | 12.6% |
| 2014 | 17.4% | 66.3% | 58.6% | 11.9% |
| 2015 | 20.0% | 70.8% | 60.0% | 12.4% |
| 2016 | 17.1% | 68.6% | 65.3% | 16.0% |
| 2017 | 17.3% | 66.2% | 63.2% | 15.7% |
| 2018 | 20.5% | 74.5% | 62.3% | 13.6% |
| 2019 | 22.7% | 77.1% | 62.9% | 15.2% |
| 2021 | 25.1% | 81.3% | 67.5% | 16.5% |
| 2022 | 23.1% | 79.6% | 72.1% | 19.5% |
| 2023 | 23.3% | 79.8% | 68.7% | 16.7% |
| 2024 | 20.7% | 77.9% | 75.2% | 21.8% |
| 2025 | 17.9% | 74.4% | 73.1% | 20.5% |
La zona se movió, y se movió en dos ocasiones.
Primero bajó. En la franja de 1.50 a 1.75 pies —el borde de las rodillas— el strike cantado pasó de 25.3% en 2008 a 70.8% en 2015. Casi se triplicó. Y una franja más abajo, de 1.25 a 1.50 pies, pasó de 2.1% a 20.0%: pelotas que en 2008 eran bola 98 veces de cada cien empezaron a ser strike una de cada cinco. Mientras tanto la parte alta de la zona de strike no se movió, 58.0% a 60.0%.
Después subió. De 2016 en adelante el movimiento principal está en la parte alta: la franja de 3.25 a 3.50 pies pasa de 60.0% a 73.1%. La parte baja todavía creció unos años más —llegó a 25.1% en 2021— y después se replegó hasta 17.9%, cerca de donde estaba en 2015.
Guarde las dos fechas —2008 a 2015 para la parte baja, 2016 en adelante para la parte alta— porque las dos van a volver a aparecer más adelante, y no por casualidad. La zona que se canta hoy no es la que se cantaba hace quince años, y el cambio no fue pequeño.
El mismo trabajo de Post y sus colegas mide la zona con un método bastante más fino que el de aquí —le ajustan una superelipse al contorno de cada temporada— y encuentra lo mismo por otra vía: la media anchura de la zona cantada cae de 1.106 a 0.907 pies entre 2008 y 2023 (−18.0%), la media altura sube de 0.860 a 1.001 (+16.4%), y el centro vertical baja. La zona era más ancha que alta y hoy es más alta que ancha. Su área llega al máximo en 2015 y después retrocede.
Y traen la cifra que aquí faltaba. Citando un trabajo anterior de Mills, reportan que entre 28% y 43% de la caída en la producción de carreras entre 2008 y 2014 se explica por la migración hacia abajo del borde inferior de la zona cantada. Entre un cuarto y casi la mitad. No de la caída del ponche ni de un renglón secundario: de la ofensiva completa del béisbol en esos años.
Conviene acotarlo, eso sí. Ese 28% a 43% es de la caída de carreras, no del alza del ponche: para el ponche, el mismo Mills estima que la mejoría de precisión explica entre 3.3% y 8.9% del aumento entre 2007 y 2013. La zona movió mucho la ofensiva y bastante menos el ponche, y conviene no confundir las dos cosas.
Y hay un actor más en esta historia que este artículo no mide: el receptor. Pavitt reporta que los mejores en el oficio de framing —recibir la pelota de manera que parezca strike— se ganaban hasta un 7% más de strikes cantados fuera de la zona, y que la distancia entre el mejor equipo y el peor en esa destreza se redujo casi a la mitad entre 2011 y 2016. O sea que una parte del strike bajo que aparece en la Tabla 2.1 puede no ser el umpire cambiando de criterio sino el receptor robándoselo con más eficacia. Los dos caben en el mismo número y aquí no se pueden separar.
Conviene decir con precisión qué significa el hallazgo y qué no. No significa que los umpires quisieran cambiar el juego ni que lo hicieran mal. La zona bajó mientras la precisión del umpire mejoraba y el receptor se volvía más eficaz robando strikes, y estos datos no permiten repartir cuánto puso cada uno. Lo que sí muestran es que ese cambio tuvo consecuencias ofensivas grandes, y que corregir un error viejo también las tiene.
Teoría descartada, con secuela. El umpire no empeoró: mejoró. Y al mismo tiempo la zona cantada bajó, y eso le dejó al juego una secuela ofensiva grande. Sale falsa y deja algo detrás, y lo que dejó va a resultar ser más grande de lo que parece aquí.
Teoría 7: ya no hay estelares
Esta se oye en cualquier conversación de béisbol y casi nunca con datos: antes había figuras, ahora juega una pila de cualquieras. El fanático de los sesenta sabía quiénes eran los diez mejores del mundo; el de hoy no sabe ni quién ganó el Más Valioso.
Hay que separar dos cosas que la queja junta. Una es si el jugador de hoy es conocido, y eso no se mide aquí: depende de cuántos canales había, de dónde se transmite el juego y de a quién le pone la cara el mercadeo. La otra sí se mide, y es la que sostiene a la primera: si todavía hay jugadores que dominan a sus contemporáneos como dominaban los de antes. Si esa parte se cayó, la queja tiene base. Si no, hay que buscar la explicación en otro sitio.
Para eso hay dos instrumentos, uno por cada lado del plato. El wRC+ mide lo que produce un bateador por turno[1] contra el promedio de su propia liga: 100 es ese promedio y 150 quiere decir que produjo un 50% más. El FIP− hace lo mismo con el lanzador y solo con lo que él controla —ponches, boletos, golpeados y jonrones—, dejando fuera lo que haga la defensa detrás de él; ahí la escala va al revés, y menos es mejor.
Dentro de cada métrica, un mismo valor significa lo mismo en cualquier época: un 160 de wRC+ es excelente en 1955 y en 2025 aunque en un año se anotara mucho y en el otro poco. Y las dos son tasas, no totales: no premian al que jugó más.
Queda un cuidado, y no es de detalle: sin él las cifras que siguen dicen lo contrario de lo que parecen. El béisbol pasó de dieciséis equipos a treinta, así que hay más jugadores repartiéndose lo mismo: en 1955 había noventa y ocho bateadores con cuatrocientos turnos y hoy hay doscientos quince. Tomar a los diez mejores de cada año no mide entonces lo mismo en las dos épocas: diez de noventa y ocho son el 10% superior, y diez de doscientos quince son el 4.7%. El corte fijo se va metiendo en una cola cada vez más profunda y sube el promedio moderno solo, sin que nadie batee mejor. Hoy, entre contar diez hombres y contar el 10% superior, hay once puntos de wRC+ que no bateó nadie.
Por eso todo lo que sigue va en deciles del propio grupo de cada temporada, de un lado del plato y del otro, y no en cifras fijas. El decil 1 es el 10% superior de esa temporada, el decil 2 es el escalón siguiente, y así. Un decil pesa lo mismo en 1955 y en 2025 aunque el número de jugadores cambie, que es precisamente lo que un umbral fijo no puede prometer.
Tabla 2.2. El bateador que descuella, década por década
| Década | El 1% superior | Decil 1 | Decil 2 | Decil 3 | Decil 4 |
|---|---|---|---|---|---|
| 1950 | 183.4 | 158.2 | 135.3 | 123.8 | 115.7 |
| 1960 | 180.4 | 157.8 | 135.2 | 124.4 | 116.5 |
| 1970 | 173.8 | 153.7 | 135.9 | 126.0 | 117.7 |
| 1980 | 167.5 | 149.3 | 132.4 | 122.4 | 115.5 |
| 1990 | 179.1 | 154.8 | 134.0 | 124.2 | 116.3 |
| 2000 | 183.1 | 154.5 | 132.7 | 122.5 | 114.7 |
| 2010 | 174.2 | 151.2 | 131.8 | 122.7 | 115.5 |
| 2020 | 181.7 | 151.7 | 131.0 | 122.9 | 116.5 |
Las dos primeras columnas contestan la pregunta tal como se hace. El 1% superior batea hoy a 181.7, a un pelo del máximo de la serie y por encima de todas las décadas salvo los cincuenta y los 2000. El decil 1 está en 151.7, dentro de una banda que ha ido de 149.3 a 158.2 sin dirección. El 1% superior sigue rindiendo al nivel de siempre: hay un Judge y un Ohtani como hubo un Mantle y un Mays.
El decil 2 es el único de la tabla que está en su mínimo. 131.0, contra 135.9 en los setenta. Y viene bajando: los 2010 ya habían marcado 131.8, el piso anterior. Y los deciles 3 y 4 no lo acompañan: los dos están hoy por encima de los 2000 y de los ochenta. No es la liga entera apretándose. Es un escalón.
Hay una cifra que no está en la tabla porque no es un promedio sino un umbral: el wRC+ del último hombre que entra al 10% superior, o sea lo que hay que batear para ser élite ese año. Estuvo entre 139.5 y 144.4 en las seis décadas de 1950 a 2000. En los 2010 bajó a 137.7 y hoy está en 136.8, por debajo de todo lo anterior. La puerta se movió con el escalón.
Tabla 2.3. El lanzador que descuella, década por década
| Década | Entradas del grupo | El 1% superior | Decil 1 | Decil 2 | Decil 3 | Decil 4 |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1950 | 187.8 | 71.5 | 77.9 | 84.5 | 89.0 | 92.4 |
| 1960 | 194.0 | 63.1 | 73.0 | 82.9 | 88.0 | 92.3 |
| 1970 | 197.6 | 62.6 | 73.2 | 83.5 | 88.6 | 92.5 |
| 1980 | 185.1 | 63.2 | 74.5 | 84.8 | 89.4 | 93.7 |
| 1990 | 174.1 | 56.4 | 70.7 | 82.9 | 88.8 | 93.4 |
| 2000 | 166.3 | 55.2 | 69.9 | 82.7 | 88.7 | 93.3 |
| 2010 | 159.1 | 54.7 | 68.8 | 81.6 | 88.1 | 93.2 |
| 2020 | 139.6 | 52.6 | 66.3 | 79.2 | 86.0 | 91.1 |
Del lado del pitcheo no hay nada que descartar, porque la tabla dice justo lo contrario de la queja. Las cinco columnas de calidad están hoy en su mejor valor de toda la serie, del 1% superior para abajo. No mejoró solo la cima: mejoró toda la parte de la rotación que muestra la tabla, hasta el 40% superior.
Y la primera columna dice lo que pasó al mismo tiempo. Esos hombres tiraban 197.6 entradas en los setenta y tiran 139.6 (−29.4%). Trabajan menos y rinden mejor por entrada; cuánto de esa mejoría viene precisamente de la carga más liviana, estas cifras no lo pueden determinar. Al lado va el otro número: los lanzadores que aparecieron por equipo cada temporada pasaron de 16.3 a 33.1. El doble de brazos, cada uno cargando la mitad.
Lo que los equipos armaron no es una rotación con un caballo: es un cuerpo sin héroes, hecho de piezas que se relevan antes de gastarse. Y rinde mejor que el otro en todos los deciles que la tabla muestra.
Y ese cuerpo sin héroes tiene una consecuencia que no está en ninguna tabla. El hombre que hoy decide los juegos entra en el séptimo, tira quince lanzamientos y se va, y es tan anónimo como el que entraba cuando a Marichal lo sacaban. La diferencia es que a Marichal casi nunca lo sacaban.
Así que la teoría, como se dice y como se mide siempre, no se sostiene, aunque hay que decirla con el matiz que la tabla obliga. La cima del bateo no perdió nivel, pero el segundo escalón se debilitó y la puerta de entrada al 10% superior quedó más baja que nunca. Y el lanzador rinde mejor que nunca en todo el tramo que la tabla mide.
Y ahí es donde hay que dar la vuelta, porque todo lo anterior está contado desde la liga y nadie ve el béisbol desde la liga. Nadie es fanático de las Grandes Ligas. Nadie compra esa gorra. El fanático sigue a un equipo, se sienta a ver los mismos nueve nombres ciento sesenta y dos veces al año, y le da exactamente igual que el talento generacional de la década exista si juega en otra ciudad. Su pregunta no es cuántos hay. Es si hay uno en su plantel.
Y esa es una pregunta distinta, porque una cosa es cuánto talento produce la liga y otra es cómo cae repartido en treinta camisetas. Lo primero está en las dos tablas anteriores, y salvo el segundo escalón del bateo, está bien. Lo segundo no se había mirado.
Tabla 2.4. Cómo se reparte el 20% superior entre los equipos
| Década | Bateadores por equipo | Equipos sin ninguno | Si cayeran al azar | Lanzadores: equipos sin ninguno | Si cayeran al azar |
|---|---|---|---|---|---|
| 1950 | 1.31 | 23.8% | 26.9% | 35.6% | 36.8% |
| 1960 | 1.35 | 26.8% | 25.8% | 36.4% | 36.8% |
| 1970 | 1.41 | 24.0% | 24.3% | 34.1% | 36.8% |
| 1980 | 1.43 | 18.8% | 23.9% | 34.2% | 36.8% |
| 1990 | 1.43 | 21.2% | 23.9% | 35.6% | 36.8% |
| 2000 | 1.46 | 18.3% | 23.1% | 33.7% | 36.8% |
| 2010 | 1.38 | 22.3% | 25.1% | 35.3% | 36.8% |
| 2020 | 1.38 | 27.3% | 25.2% | 33.3% | 36.8% |
La primera columna es la que hay que mirar antes que ninguna, porque desactiva la explicación fácil: el número de bateadores del 20% superior por equipo casi no se movió, de 1.46 en los 2000 a 1.38 hoy, un 5%. No es que haya menos que repartir. Los equipos que se quedan sin ninguno, en cambio, subieron de 18.3% a 27.3%: un 49%.
Un promedio que baja 5% no produce eso. Lo produce el reparto.
Las dos columnas del azar lo miden. En los 2000 los bateadores buenos caían en los equipos más parejo de lo que los repartiría una tómbola —18.3% de planteles vacíos cuando el azar daría 23.1%—. Hoy es al revés: 27.3% cuando el azar daría 25.2%. No pasaba desde los años sesenta. Y conviene decir qué es lo que esto no muestra. Mirado por franquicia y a lo largo de una década entera, el quinto de equipos que más acumula tiene hoy el 35.3% de los bateadores de élite, contra 34.7% en los 2000 y 34.0% en los setenta: prácticamente lo mismo. No hay un grupo de franquicias quedándose con más que antes. Lo que cambió es que, dentro de cada temporada, el talento cae menos parejo, y cuáles son los equipos que se quedan sin nada va rotando.
Las dos últimas columnas son el control que impide contar esto como una historia sobre dinero. En el pitcheo no pasa nada. Los equipos sin ningún lanzador del 20% superior llevan setenta y cinco años entre 33% y 37%, y hoy están en 33.3%, el reparto más parejo de la serie. Los brazos caros no se concentran; los bates sí. Un cuerpo de lanzadores se ensambla con piezas y un bate no se ensambla con nada, y esa diferencia se ve en la tabla antes que en cualquier explicación.
Conviene decir qué es un bateador de 140, porque el número solo no dice nada. Es la temporada que tuvieron Roberto Clemente y Hank Aaron en 1966, y Mickey Mantle en 1968. Es la de George Brett y la de Pete Rose en 1976, la de Johnny Bench en 1974, la de Joe Morgan en 1977, la de Dave Winfield en 1978. Y es la de Mookie Betts en 2022, la de Bryce Harper en 2024 y la de Corey Seager ese mismo año. No es el hombre que gana el Más Valioso ni el que rompe un récord. Es el que uno no quiere ver llegar al plato con dos en base.
Y así se vive desde la grada. Dieciocho de los treinta equipos terminan hoy la temporada sin un solo bateador de 140 de wRC+; durante seis décadas fueron menos de la mitad. Entre 1966 y 1980, tres franquicias de veintidós pasaron seis temporadas seguidas o más sin uno: los Mets, Cleveland y Detroit. Entre 2011 y 2025 fueron diez de treinta —Kansas City, los Medias Blancas de Chicago, Pittsburgh, Tampa Bay, Detroit, San Diego, Filadelfia, Colorado, Texas y Miami—, y esa lista no es solamente de equipos pobres. Un equipo cualquiera tenía un bateador de 140 en 8.5 de cada 15 temporadas y hoy lo tiene en 6.1.
Las dos primeras de esa lista vale la pena mirarlas de cerca. Kansas City tuvo un bateador de 140 en 2002 y el siguiente en 2024. Veintiuna temporadas, con una Serie Mundial ganada en el medio. Los Medias Blancas de Chicago no tienen uno desde 2014: un muchacho que empezó a verlos a los diez años hoy tiene veintiuno y no ha visto ninguno.
Por qué ocurre, este artículo no puede decirlo. Que todo esto sea dinero es la sospecha de cualquiera, y una sospecha no es una medición. Pero la explicación, sea cual sea, tiene que pasar por tres cosas que sí están medidas: en el pitcheo no ocurre, aunque los brazos cuesten igual o más; a lo largo de una década entera las franquicias no acumulan más talento del que acumulaban; y en la lista de los que llevan años sin nadie hay equipos que gastan. Aquí no se midió, y lo que se midió no le queda cómodo a la respuesta fácil.
Teoría descartada en la liga. En pie en el equipo. Medida como se mide siempre —cuánto talento produce el béisbol—, la queja es falsa: el nivel de la élite no se cayó, aunque el escalón que le sigue sí se debilitó. Medida como se vive —cuánto talento le toca a la camiseta que uno se pone—, la queja es cierta y se ha vuelto más cierta durante los últimos quince años.
El fanático que dice que ya no hay estelares está equivocado sobre el béisbol y tiene razón sobre su equipo. Y como nadie mira el béisbol, sino a su equipo, tiene razón donde importa.
Siete sospechas, y ninguna alcanza
Cada una se puso a prueba en la parte que los datos permiten medir, con la fuente y la medida que le corresponde. Ninguna basta por sí sola para explicar lo que cambió. No se pusieron a prueba con opiniones ni con corazonadas: son los datos los que dicen que ninguna alcanza. El jonrón no desplazó a ningún batazo. La prohibición del shift no devolvió la ofensiva, y la cronología no permite atribuirle a él solo el cambio. La tensión se reparte hoy igual que en los años cincuenta. Los vuelcos están donde han estado siempre. Los juegos cerrados van y vienen con el entorno de carreras, y en este momento vienen. Los umpires, lejos de empeorar, cantan hoy con la mayor precisión que se les ha medido, aunque esa precisión dejó una huella a la que habrá que volver. Y la liga no dejó de producir al jugador que descuella —el lanzador, de hecho, rinde mejor que nunca—, aunque los bateadores de élite se reparten cada vez menos parejo entre los treinta equipos, que es lo único que alguna de las siete acierta y lo acierta en la escala del fanático, no en la del béisbol.
Nada de lo que la gente nombra cuando dice que el béisbol perdió la emoción alcanza para explicarlo. Pero la queja existe, está medida y viene creciendo. Así que la respuesta tiene que estar en algo que nadie está nombrando, y ya asomó en la última columna de la Tabla 1.1, la de la primera entrega.
Notas
-
En esta serie, "turno" significa aparición al plato. La metodología y las fuentes están al final de la sexta entrega.
↩