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Los cinco sospechosos (1/6)

Ciento dieciséis temporadas de Grandes Ligas puestas a responder una queja que el fanático viene repitiendo hace años. Se miden aquí, una por una y con la serie entera, cinco explicaciones que suelen aparecer en las conversaciones de béisbol: el jonrón, el shift, la tensión, el drama y las palizas

Por Alberto Perdomo · 15 Oct 2026 · 19 min de lectura
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Serie: El fanático no se equivocó. Se equivocó de culpable — Parte 1 de 6

Esta es la primera entrega.

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Pregúntele a diez fanáticos qué le pasó al béisbol y le van a dar diez respuestas. Que se puso aburrido. Que perdió su esplendor. Que ya no hay figuras como las de antes. Que ya no pasa nada. Son maneras distintas de decir lo mismo: que había algo ahí y ya no está.

Y no es una impresión suelta: está contada. En 2023, una encuesta del Instituto Marist encontró que el 53% de los estadounidenses describe el béisbol como aburrido, contra 47% en 2014. Pero la misma encuesta trae un número que complica la historia: en ese mismo momento, el 55% se declaraba fanático del béisbol, contra 44% en 2019. Y entre los que sí lo son, el 70% lo encuentra emocionante.

Eso que ya no está no es una sola cosa, y cada persona que se queja está señalando algo distinto. Al que le gusta el juego apretado le importa la tensión. Al que le gusta el carreraje le importan los vaivenes de la pizarra. Al que le gusta ver béisbol le importa que pasen cosas. Y al que lo sigue por sus hombres le importa tener a quién seguir. Son cuatro quejas diferentes y hay que medirlas por separado.

Lo que sigue son 116 temporadas de Grandes Ligas, de 1910 a 2025, jugada por jugada: quince millones de turnos con su probabilidad de victoria, su leverage index y su cambio de situación. A eso se suman, desde 2008, cuando las cámaras empezaron a seguir la pelota, casi trece millones de lanzamientos con su tipo, su velocidad y el punto exacto por donde cruzaron el plato. Siete teorías, una a la vez, y después lo que quedó en pie.

Van numeradas del uno al siete para poder contarlas. El número no dice nada sobre cuál pesa más: cada una se mide por su cuenta y se responde por su cuenta.

Teoría 1: ahora todo el mundo batea para el jonrón

Hay dos cosas dentro de esa queja y solo una se puede medir. La intención no: ningún dato dice si el bateador se para en el cajón buscando la cerca o simplemente busca un buen contacto. Lo que sí se mide es la consecuencia que la queja le atribuye, que además es la parte que acusa: que el jonrón se llevó por delante a los demás batazos.

Tabla 1.1. Los batazos por juego, década por década

Todo por partido, sumando a los dos equipos. La serie arranca en 1910; aquí se muestra desde los cincuenta. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
DécadaApariciones al platoSencillosDoblesTriplesJonronesBoletosPonches
195077.012.632.800.571.697.138.80
196075.812.122.580.491.646.2711.43
197076.312.662.780.471.496.6010.29
198076.312.533.050.451.646.4610.82
199077.212.413.370.401.896.8312.26
200077.312.023.670.382.156.6913.12
201076.111.383.420.352.146.2015.64
202075.210.613.260.282.326.3217.01

Una precisión de vocabulario que vale para todo lo que sigue: cuando aquí se dice turno se está diciendo aparición al plato, que es la primera columna de esa tabla. Cuenta también los boletos, los golpeados y los sacrificios, y no solo las veces al bate que entran en el promedio de bateo. Todo lo que este artículo mide por turno —el ponche, el jonrón, el wRC+, la probabilidad de victoria— está medido sobre esa cuenta. La metodología y las fuentes están al final de la sexta entrega.

La tabla se lee en dos tiempos, y el primero desmiente la teoría.

De los cincuenta a los 2000, la cantidad de hits que no son jonrón no se movió: 16.00 por partido entonces, 16.07 medio siglo después. Lo que cambió fue el reparto. Se perdieron seis décimas de sencillo y dos de triple —0.80 batazos por juego entre los dos— y aparecieron 0.87 dobles. Casi uno por uno.

Sí hubo entonces un batazo que desplazó a otro, pero no el que dice la teoría: el doble desplazó al sencillo. Y ese cambio no aburre a nadie. Si el béisbol hubiera cambiado solo eso, habría cambiado para mejor. El jonrón, mientras tanto, subió de 1.69 a 2.15 (+27.2%) sin quitarle nada a nadie, y más chica que el vaivén de una temporada a otra dentro de cualquiera de las dos décadas. .

El segundo tiempo es otra historia. De los 2000 para acá los tres caen juntos: el sencillo de 12.02 a 10.61 (−11.7%), el doble de 3.67 a 3.26 (−11.2%), el triple de 0.38 a 0.28 (−26.3%). Los hits que no son jonrón pasan de 16.07 a 14.15, un 11.9% menos, y esta vez ningún batazo creció para reemplazarlos: el jonrón apenas sube de 2.15 a 2.32 (+7.9%). Lo que crece es la última columna, de 13.12 ponches por juego a 17.01: un 29.6% más.

Y ahí está la pista, que está en la primera columna. Los turnos por juego apenas se movieron en setenta años: 77.0 en los cincuenta, 75.2 hoy. Se reparte casi lo mismo. Así que los poco más de ocho ponches adicionales por juego tuvieron que salir de alguna parte, y la resta se puede hacer con la tabla delante: un poco de los hits, algo de los boletos, y sobre todo de los outs que no aparecen en ninguna columna —los rodados y los elevados que antes terminaban en un guante.

Teoría descartada. El jonrón no desplazó al doble. El doble desplazó al sencillo —y ese trato salió bueno— y después el ponche los desplazó a los dos.

Teoría 2: la culpa fue del shift

Durante los años 2010 los equipos empezaron a mover a los infielders según hacia dónde batea cada quien. El argumento es intuitivo y se repitió mucho: el rodado que antes era hit ahora es out, así que hay menos corredores y menos rallies.

Esta teoría tiene la ventaja de que se puede probar de verdad, porque en 2023 las Grandes Ligas prohibieron el shift. Si era lo que estaba secando el juego, quitarlo tenía que devolver hits.

Tabla 1.2. El shift antes y después de la prohibición

Las dos columnas son promedios por partido, contando a los dos equipos: las cuatro temporadas anteriores a la prohibición del shift y las tres siguientes. "Hits sin jonrón" incluye también el triple, que no tiene fila propia. Los errores van sobre cien pelotas puestas en juego y no por partido, para que el cambio no dependa de cuántas pelotas se batearon. La columna de cambio se calcula con las cifras redondeadas que aparecen aquí. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
Por juego2019-20222023-2025Cambio
Sencillos10.5410.71+1.6%
Dobles3.343.26−2.4%
Hits sin jonrón14.1714.24+0.5%
Ponches17.2616.97−1.7%
Errores por 100 pelotas en juego2.292.12−7.4%

Un aumento del 0.5%, dentro del ruido de cualquier temporada. Los sencillos apenas se movieron y los dobles hasta bajaron. Y tampoco devolvió errores: la defensa falla hoy menos que antes de la prohibición, no más.

Hay que decirlo con cuidado, eso sí. Los equipos se adaptaron: ya no pueden pasar dos infielders al lado derecho, pero siguen posicionando por tendencias y los jardineros no tienen restricción ninguna. Y el bateador llevaba años adaptándose también, con un swing distinto del que tenía cuando el shift apareció, así que para cuando quitaron la regla los que se habrían beneficiado de quitarla ya bateaban de otra manera, o ya no estaban. Lo que quedó demostrado es que quitar el shift no devolvió la ofensiva, no que el shift nunca hubiera hecho nada.

Y hay un trabajo publicado que explica por qué no la devolvió, con un dato que este artículo no mide. Charlie Pavitt, en el Baseball Research Journal de 2024, separó el shift por la mano del bateador y encontró que no era el robo que parecía: en los rodados halados encontró efectos de tamaño parecido y signo contrario: el zurdo perdía 36 puntos de average en pelota en juego cuando se lo ponían, y el derecho ganaba 39 cuando se lo ponían a él. Lo segundo suena al revés hasta que uno mira dónde queda la primera base: contra el zurdo el shift corre a los fildeadores hacia ese lado, así que atrapan cerca y tiran corto; contra el derecho los corre hacia el lado de tercera, lejos de primera, y cada rodado que agarran hay que tirarlo desde más atrás. Se lo ponían a los dos, pero al zurdo mucho más a menudo, y contra el zurdo era donde funcionaba. Por eso prohibirlo se llevó de una vez lo que ganaban con unos y lo que perdían con otros. No son poblaciones que se puedan restar sin más, porque habría que pesarlas por cuánta gente hay de cada mano y por cuántas veces se puso el shift a cada quien. Pero ayudan a explicar por qué el efecto agregado de la prohibición podía salir tan pequeño.

Pavitt escribió con 2023 recién terminado y llamó a la prohibición un éxito con reservas: el average subió cinco puntos ese año, de .243 a .248. Con dos temporadas más se ve que el brinco no aguantó: .243 en 2024 y .245 en 2025, de vuelta donde estaba. Los hits que no son jonrón cuentan lo mismo: 14.18 por juego en 2022, 14.39 en 2023, y 14.15 y 14.19 en 2024 y 2025. Volvieron prácticamente a donde estaban antes de la regla.

Ese mismo trabajo señala hacia dónde sí se fue la ofensiva, y es un sitio que este artículo no mide: la defensa se paró más atrás. Entre 2015 y 2020 el jardinero central retrocedió doce pies, el izquierdo siete, el derecho cuatro, y el tercera base entre nueve y diez. Eso no quita pelotas del terreno —el batazo ocurre igual— pero convierte en out lo que antes caía. Es una causa real del promedio de bateo, y sobrevivió intacta a 2023.

Pero 2023 no fue una regla: fueron cuatro, y hay que juzgarlas juntas. Además de prohibir el shift, las Grandes Ligas agrandaron las bases de quince a dieciocho pulgadas —lo que acorta en cuatro pulgadas y media el tramo de primera a segunda—, limitaron a dos los intentos de pickoff por turno, con balk al tercero, y metieron el reloj de lanzar, que se trata más adelante.

Las dos del medio apuntaban al mismo blanco: devolverle al juego el robo de base. Y ahí sí funcionó.

Tabla 1.3. El robo de base antes y después de 2023

Una oportunidad de robar segunda es un turno con un corredor en primera y la segunda desocupada. La tasa de intentos y el éxito se calculan solo sobre esas oportunidades y sobre los robos y atrapados que salen de ellas, casi todos de primera a segunda; el éxito es la proporción de esos intentos que termina en robo y no en out. "Robos por juego", en cambio, cuenta todos los robos consumados del partido, roben la base que roben. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
TemporadaRobos por juegoIntentos por cada 100 oportunidades de robar segundaÉxito
20150.926.7073.8%
20170.916.0977.7%
20190.815.5079.1%
20210.805.3979.8%
20220.906.1979.4%
20231.257.9582.6%
20241.308.8281.9%
20251.268.5581.4%

De 2022 a 2024 —la temporada anterior a la regla contra la mejor de las posteriores— los robos por partido y los intentos por oportunidad subieron prácticamente lo mismo: 44% los primeros y 42% los segundos, con el salto grande en 2023.

Pero la columna que explica el asunto es la tercera. El robo no se había ido por falta de piernas: se había ido por cálculo. Los equipos aprendieron que intentarlo solo conviene si se llega a salvo con una frecuencia por encima del umbral de rentabilidad, y se volvieron selectivos hasta intentarlo casi únicamente sobre seguro. Por eso, mientras los intentos caían año tras año, el porcentaje de éxito subía. En 2021, el punto más bajo de esa caída, se robó menos que en cualquier temporada desde 2010 y, hasta entonces, se llegó a salvo con más frecuencia que en cualquiera de ellas.

Lo que las Grandes Ligas hicieron en 2023 no fue pedirle a nadie que corriera. Fue cambiarle la aritmética a la decisión de robar —cuatro pulgadas y media menos hasta segunda, dos tiros a primera y no más— hasta el punto de que volvió a ser la decisión correcta. Y en cuanto lo fue, corrieron.

Para tener la escala no hace falta irse al Dead Ball Era. Los intentos por cada 100 oportunidades fueron 4.6 en los años cincuenta, el mínimo de toda la serie, y de ahí subieron: 6.5 en los sesenta, 9.7 en los setenta y 11.5 en los ochenta, la década de Rickey Henderson y Vince Coleman. Después volvieron a bajar, 9.6 en los noventa, 7.1 en los 2000 y 6.9 en los 2010, hasta el mínimo reciente de 2021.

Puestos uno al lado del otro, los ochenta intentaban el robo un tercio más que 2025 y llegaban a salvo el 71.4% de las veces, contra el 81.4% de hoy. El béisbol de los años ochenta corría más y robaba peor; el de ahora corre menos y casi no falla. Los diez puntos de diferencia son medio siglo de aprender cuándo no salir.

Conviene mirar las dos reglas juntas: la misma temporada, el mismo comisionado, dos cambios apuntando a la acción. Una le pidió a la defensa que se parara donde no quería. Ese abuso había que corregirlo y se corrigió; lo que no hizo fue devolverle ofensiva a la liga —medio por ciento más de hits— ni por lo tanto quitarle el aburrimiento a nadie. La otra le cambió el precio a una jugada, y la jugada volvió.

Teoría descartada. Quitar el shift no devolvió la ofensiva: siete centésimas de hit por partido —de 14.17 a 14.24, un aumento del 0.5%—, que cabe en el ruido de cualquier temporada. Lo que sí volvió fue el robo, y volvió porque le cambiaron el precio. Y guarde ese año, 2023, porque todavía va a volver a aparecer.

Teoría 3: el juego tiene menos momentos de tensión

Es una sospecha razonable. Si el béisbol aburre, debería haber menos momentos donde el partido esté en juego.

El instrumento para medirlo existe: el leverage index, que dice cuánta probabilidad de victoria pone sobre la mesa cada turno comparado con un turno cualquiera.

Para leerlo hace falta una vara, y la más limpia es la propia historia del béisbol. Tomando los quince millones de turnos que van de 1910 a 2025 y repartiéndolos en cinco montones iguales —del quinto más muerto al quinto más tenso—, cada montón vale por definición el 20% de todo lo que se ha jugado. Esos cortes quedan fijos y después se le aplican a cada década por separado. Si el béisbol se volvió más aburrido, la columna de la izquierda tiene que engordar y la de la derecha adelgazar.

La columna de los muy emocionantes empieza en LI 1.51, que es prácticamente la misma línea que Baseball-Reference dibuja en 1.5 para llamar a un turno de alta tensión. Una centésima de diferencia.

Tabla 1.4. El reparto de la tensión, década por década

Cada turno cae en un cajón según su leverage index: muy aburridos, LI < 0.31; aburridos, 0.31 ≤ LI < 0.65; promedio, 0.65 ≤ LI < 0.97; emocionantes, 0.97 ≤ LI < 1.51; muy emocionantes, LI ≥ 1.51. Los cortes salen de repartir en quintos los quince millones de turnos de 1910 a 2025 juntos, y son los mismos para las doce décadas. El promedio del leverage index es 1.00 en todas las temporadas por construcción, porque cada turno se divide entre el movimiento promedio de su propia liga ese año; por eso esta tabla mide la forma del reparto y no su nivel, y el nivel se compara aparte, más abajo, con la probabilidad de victoria sin normalizar. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
DécadaMuy aburridosAburridosPromedioEmocionantesMuy emocionantes
191021.2%18.8%19.0%20.9%20.1%
192020.2%19.4%20.3%20.6%19.5%
193019.6%19.6%20.4%20.8%19.6%
194019.7%20.0%19.9%20.2%20.2%
195019.4%19.9%20.9%19.6%20.1%
196019.3%21.0%20.2%19.2%20.4%
197019.5%20.7%19.8%19.7%20.3%
198019.2%20.8%19.9%19.7%20.4%
199019.3%20.1%20.0%20.6%20.1%
200019.4%19.7%20.4%20.0%20.4%
201020.2%19.5%19.9%19.7%20.8%
202019.9%20.7%19.1%20.2%20.1%

Ninguna columna se mueve. La que más varía desde los años cincuenta recorre un punto y ocho décimas, y la de los turnos muy emocionantes apenas siete: 20.1% en la década de 1950 y 20.1% en la de 2020, con setenta años metidos en el medio.

Y no se mueve de ninguna de las tres maneras en que podría haberse movido. No hay polarización: las dos puntas no engordaron a costa del centro, que sería un béisbol de todo o nada, con ratos muertos más largos y picos más agudos. No hay aplanamiento: el centro tampoco se comió a las puntas, que sería un béisbol tibio, nunca muerto pero nunca hirviendo. Y no hay corrimiento: la izquierda no ganó lo que perdió la derecha. La forma entera de la distribución es la misma que hace un siglo.

Tampoco se mueve cuánto pone en juego un turno promedio medido en probabilidad de victoria: 0.0351 en los años cincuenta, 0.0346 en los 2020, una diferencia del 1.4% que no le cambia la tarde a nadie.

Teoría descartada. El béisbol de hoy tiene prácticamente los mismos momentos de tensión que el de Babe Ruth, y repartidos casi igual.

Teoría 4: hay menos drama

Cuarta sospecha: quizás la tensión está, pero el juego se mueve menos. Menos remontadas, menos cambios de mando, más partidos resueltos temprano.

Esto también se mide, y de tres maneras que dicen cosas distintas.

La primera es cuánta probabilidad de victoria se repartió, y cuánto de eso se lo llevó una sola jugada. Cada jugada les mueve a los equipos la probabilidad de ganar; sumando todos esos movimientos a lo largo del partido —sin importar hacia qué lado empujó cada uno— se obtiene el total, y apartando el mayor de todos se obtiene el momento más grande de la tarde. Un juego que arranca parejo y se resuelve sin sobresaltos reparte poco; uno que va y viene reparte mucho.

La segunda es cuántas veces el juego cambió de líder: cuántas veces el equipo que iba ganando pasó a ir perdiendo. Se cuenta en el marcador, y pasar por un empate en el camino no cuenta dos veces.

La tercera es hasta cuándo estuvo en duda. Para cada partido se busca el último instante en que la probabilidad todavía andaba entre 20% y 80% —el último instante en que cualquiera de los dos podía ganar— y se anota en qué punto del recorrido ocurrió.

Tabla 1.5. Cuánto se mueve un juego, década por década

La probabilidad repartida y la jugada más grande van en puntos porcentuales de probabilidad de victoria. Los cambios de líder son por juego y se cuentan en el marcador: el que iba ganando pasa a ir perdiendo. La última columna marca el punto del recorrido en que el partido dejó de estar en duda para siempre. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
DécadaProbabilidad repartidaLa jugada más grandeCambios de líderJuegos sin un solo vuelcoSiguió en duda hasta el
1910281 puntos21.90.5559.6%70% del juego
192028821.70.6654.2%71%
193028621.60.6554.7%71%
194027922.50.6057.0%71%
195027623.20.6256.1%70%
196027123.70.5858.4%71%
197027523.40.6056.7%70%
198027723.00.6255.7%70%
199028023.00.6454.6%69%
200027722.80.6554.2%69%
201027123.60.6056.7%68%
202026623.40.6056.9%68%

La probabilidad repartida bajó un 3.6% desde los años cincuenta, de 276 puntos a 266. Los vuelcos están donde han estado siempre: 0.60 por partido hoy, los mismos de los años setenta. Y el momento en que el juego deja de estar en duda se adelantó dos puntos del recorrido, de 70% a 68%: poco más de un turno y medio antes que en los años setenta.

La columna que más le habla al fanático es la cuarta, y tampoco lo acompaña. En 56.9% de los partidos de hoy, el equipo que se pone adelante primero no vuelve a ir perdiendo nunca. Pero en los años sesenta esa proporción era 58.4%, más alta que la de ahora. Hoy los juegos cambian de manos con más frecuencia que cuando Juan Marichal abría.

Nada de eso explica una queja. Y hay una columna que apunta justo en contra de la intuición: la jugada más grande de cada juego no encogió. Vale hoy 23.4 puntos de probabilidad de victoria, los mismos de los años setenta y más que los 23.0 de los ochenta. El pico de una tarde de béisbol está donde ha estado siempre.

Aunque no es cosa del jonrón, como uno supondría. El récord está en los años sesenta, con 23.7, que fue —descontando el Dead Ball Era— la década de menos carreras de todas, y el mínimo en los años treinta, la de más. Cuando anotar cuesta, cada jugada carga con más partido. Es el mismo ciclo del entorno de carreras que va a reaparecer, y con más fuerza, en la teoría siguiente.

Teoría descartada. El drama está intacto.

Teoría 5: los juegos son menos cerrados

Quinta sospecha, y la más citada: antes los partidos se decidían por una carrera y hoy son palizas.

Aquí sí hay movimiento, pero no en la dirección de una tendencia. Es un ciclo, y el ciclo tiene una causa obvia.

Tabla 1.6. Por cuántas carreras se decidieron los juegos, década por década

Las cuatro primeras columnas reparten los juegos según la diferencia de carreras en el marcador final —no en ningún momento intermedio—. Los juegos que terminaron empatados, casi todos suspendidos y de las primeras décadas, quedan fuera del reparto. La última columna son las carreras de los dos equipos juntos. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
Década1 carrera2 carreras3 carreras4 o másCarreras por juego
191032.3%18.7%14.6%34.4%7.9
192029.8%17.3%14.2%38.7%9.6
193029.3%16.8%13.9%40.0%9.9
194031.0%17.6%14.3%37.1%8.6
195030.2%17.9%14.7%37.1%8.9
196032.8%19.3%14.4%33.5%8.1
197032.1%18.9%14.7%34.3%8.3
198030.4%19.1%15.0%35.5%8.6
199029.3%18.3%14.9%37.5%9.3
200027.6%17.9%14.6%39.9%9.5
201028.9%18.4%14.2%38.5%8.8
202028.4%17.9%14.0%39.7%8.9

La columna que le importa a la teoría es la cuarta, la de las palizas, y ahí está la respuesta: 40.0% en los años treinta, 33.5% en los sesenta, 39.9% en los 2000, 39.7% hoy. Ni récord ni tendencia. Un vaivén entre 33 y 40 que lleva un siglo repitiéndose, y en el que la década actual ni siquiera es la peor.

Las columnas del medio son todavía más quietas: los juegos de dos carreras llevan doce décadas entre 16.8% y 19.3%, y los de tres entre 13.9% y 15.0%. Toda la variación del béisbol en esta materia ocurre entre las dos columnas de los extremos, y ocurre en los dos sentidos.

El vaivén tiene una causa, y está en la última columna. La correlación entre carreras por juego y proporción de juegos de una carrera es de −0.72 sobre 110 temporadas. No hay misterio: cuando se anota más, los márgenes se abren. Los tres años con más juegos de una carrera son 1916, 1943 y 1968 —los tres por debajo de ocho carreras por partido—, y el año con menos es 2003, en plena era de la ofensiva, con 9.5.

Los años 2020 quedan entre los noventa y los 2000. Y 2025, con 29.4%, tuvo más juegos de una carrera que 2015.

Teoría descartada. Los juegos de hoy son tan cerrados como los de casi siempre.

Cinco sospechosos, cinco coartadas. El béisbol de hoy conserva la tensión, los vuelcos y los juegos cerrados; ni el jonrón ni el shift alcanzan para explicar la queja. Quedan dos acusados más personales: quienes cantan el juego y quienes le ponen rostro. Si tampoco fueron ellos, habrá que dejar de buscar entre los culpables de siempre.

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