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Y entonces, ¿quién tiene la culpa? (6/6)

Al lanzador le quedaba una respuesta, y con ella se cierra el circuito. El último capítulo de la investigación: cómo terminó de armarse el béisbol que hoy se ve, qué queda sin explicar y a quién se le puede reclamar.

Por Alberto Perdomo · 10 Oct 2026 · 36 min de lectura
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Serie: El fanático no se equivocó. Se equivocó de culpable — Parte 6 de 6

Artículo anterior:
Parte 5 — La pregunta que quedó abierta
Inicio de la serie:
Parte 1 — Los cinco sospechosos de siempre

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La entrega anterior reordenó la historia: el aumento del ponche precedió a la revolución del launch angle y el swing elevado apareció después. Falta la otra mitad de la partida: cómo respondió el lanzador y qué produjo la cadena de respuestas.

La respuesta del lanzador

Si los bateadores levantaron la pelota, los lanzadores tenían una réplica obvia: subir la recta. Un swing que sube choca mal con una bola alta.

La altura de cada lanzamiento está medida, y se puede expresar contra la zona del propio bateador —cero en las rodillas, uno en el pecho— para que un hombre alto y uno bajo no se mezclen.

Tabla 6.1. La altura de la recta y el menú del lanzador, 2008-2025

La altura de la recta no va en pies ni en pulgadas: es una proporción de la zona de strike del propio bateador, que el sistema calcula turno por turno. "Rectas sobre la zona" son las que pasan por encima del límite superior. El sinker y el slider van como proporción de todos los lanzamientos de la temporada. Fuente: el sistema de seguimiento de MLB.
AñoAltura de la rectaRectas sobre la zonaSinkerSlider
20080.60318.5%24.4%14.4%
20110.59118.1%23.7%15.2%
20130.55515.6%22.2%14.9%
20150.52714.4%21.3%14.4%
20170.57017.5%20.9%16.1%
20190.62621.5%16.1%17.7%
20220.68024.6%15.4%21.2%
20250.69024.3%15.5%22.5%

Esa columna dibuja una V, y el vértice cae en 2015: el mismo año en que los rodados volvieron a quedar cerca de su punto más alto.

De 2008 a 2015 el lanzador bajó. La recta cayó de 0.603 a 0.527 de altura de zona —de bien por encima de la mitad a la mitad justa—, las que iban por encima del límite superior bajaron de 18.5% a 14.4%, y el tercio bajo de la zona engordó de 18.7% a 22.2%. Sinker y pelota al piso: la estrategia del rodado.

De 2015 en adelante el lanzador se mudó arriba. La altura subió de 0.527 a 0.690 —de la mitad de la zona a dos tercios del camino hacia el pecho—, las rectas por encima de la zona aumentaron casi un 70%, hasta rondar el 25%, y el tercio bajo se derrumbó de 22.2% a 15.2%.

Y el detalle que refuerza el patrón está en las dos últimas columnas. El sinker —el lanzamiento cuyo oficio entero es producir rodados— se desplomó de 21.3% a 15.5%, justo cuando el rodado dejó de ser buen negocio. El slider, que se quiebra abajo y afuera y busca el swing en el vacío, subió de 14.4% a 22.5%. El pitcheo tiró a la basura su arma para el piso y se rearmó para arriba.

Y hay una tercera cosa que hizo, más lenta y más grande que las otras dos: tirar más duro. La bola rápida promedio pasó de 91.4 millas en 2008 a 94.2 en 2025, y los lanzadores capaces de llegar a cien millas pasaron de veinte a setenta y nueve. No es que apareciera un fenómeno: es que dejó de ser un fenómeno.

Eso le cambió por completo el menú al bateador.

Tabla 6.2. Las bolas rápidas que enfrenta el bateador, por velocidad

"Bola rápida" reúne aquí la recta de cuatro costuras y el sinker. La última es la proporción de los swings que terminan en aire, en 2025. Las seis bandas son un resumen: las descomposiciones que cita el texto se calculan sobre bandas más finas, así que rehacerlas con estas seis filas da una o dos décimas de diferencia. Fuente: el sistema de seguimiento de MLB.
VelocidadProporción en 2008En 2025Swings fallados en 2025
Menos de 90 millas29.4%5.5%12.1%
De 90 a menos de 9338.2%23.8%13.6%
De 93 a menos de 9519.2%30.1%16.0%
De 95 a menos de 9710.4%25.8%17.6%
De 97 a menos de 1002.7%13.8%20.1%
100 o más0.1%1.1%25.9%

Léala en las dos direcciones. Hacia abajo, la última columna dice que la velocidad importa y mucho: la bola rápida de cien millas hace fallar el doble de swings que la de menos de noventa. Y de izquierda a derecha, las dos primeras dicen que el bateador de hoy vive en otro barrio. La de menos de noventa millas era casi una de cada tres en 2008 y hoy es una de cada dieciocho. Las de 95 o más eran el 13% y hoy son el 41%.

El fallo por swing contra la bola rápida subió de 12.9% a 16.4% en esas dieciocho temporadas, y las dos vías se pueden separar como se separó el rodado. Con el menú de 2008 y las bolas rápidas de 2025 —cada una más difícil, pero el mismo reparto— el fallo sube a 14.4%. Con el menú de 2025 y las de 2008 —el mismo lanzamiento de siempre, pero otro reparto— sube a 15.2%. Las dos empujan, y la del menú empuja más.

Es la tercera vez que aparece la misma forma. Con la zona, con el rodado y ahora con el fallo contra la bola rápida, buena parte del cambio está en lo que le llega al bateador: primero le cambiaron la altura y después el reparto de velocidades.

Y hubo una vez en que se lo devolvieron.

El 21 de junio de 2021, las Grandes Ligas empezaron a revisar a los lanzadores para que no le pusieran sustancias pegajosas a la pelota, con suspensión de diez juegos al que apareciera con las manos untadas. La fecha es lo que hace este el experimento más limpio de todo el artículo: es a mitad de temporada. Permite comparar a la misma cohorte de lanzadores dentro de un mismo año, y las otras temporadas sirven de control para el cambio normal que trae el verano.

Lo que la sustancia da es agarre, y el agarre se mide en spin rate: revoluciones por minuto a la salida de la mano.

Tabla 6.3. La recta antes y después del 21 de junio, año por año

El spin rate va en revoluciones por minuto, sobre rectas de cuatro costuras. Las dos últimas columnas son el cambio, en puntos porcentuales, entre el tramo anterior y el posterior al 21 de junio de esa misma temporada: cuántos de cada cien swings terminan en aire y cuántos terminan en pelota bateada. La temporada de 2020 queda fuera porque empezó en julio y no tiene tramo anterior a esa fecha. Fuente: el sistema de seguimiento de MLB.
TemporadaSpin rate antesSpin rate despuésCambio del spin rateCambio de swings fallados (pp)Cambio de swings que terminan en pelota en juego (pp)
201922862291+5+0.05−0.68
202123052246−59−1.39+1.29
202222572282+25+0.16−0.75
202322842276−8+0.33−0.72
202422942297+3+0.21−1.29
202523092331+22+0.38−0.94
202623132310−3+0.06−0.73

Las filas que no son 2021 son el control, y son las que hacen creíble la fila que sí lo es. En una temporada normal el spin rate no se mueve al cruzar el verano, o sube un poco. En 2021 cayó cincuenta y nueve revoluciones, más de siete veces la mayor caída de cualquier otro año de la serie.

Y las dos últimas columnas dicen lo que pasó del otro lado del plato. 2021 es el único año en que baja la proporción de swings fallados cruzando esa fecha, y el único en que sube la proporción que termina en pelota bateada. En las otras seis temporadas ocurre exactamente lo contrario. La regla subió 1.29 puntos la proporción de swings contra la recta que terminaron en pelota bateada. Es poco, pero va en la dirección contraria a todo lo demás que se ha medido aquí.

Visto hombre por hombre, la cosa fue más desigual de lo que el promedio sugiere. De los 167 lanzadores que tiraron doscientas rectas antes y doscientas después, 120 perdieron spin rate y 47 ganaron; la mediana perdió veintinueve revoluciones, pero treinta y seis perdieron más de cien y ocho perdieron más de doscientas. El que más perdió se dejó 443 en el vestidor. Las caídas grandes se concentraron en una minoría, y el resto cargó con la fama.

Y la velocidad del grupo prácticamente no se movió: 93.91 millas antes, 93.93 después, así que la caída del spin rate no se explica por una pérdida de velocidad. Sumado a lo que hacen las temporadas de control, eso vuelve poco probable que fuera un efecto normal del verano.

Y después, sin que nadie derogara nada, el spin rate volvió. Medido en spin rate por cada milla de velocidad —que es como hay que mirarlo, porque el que tira más duro gira más sin proponérselo— la recta estaba en 24.5 en 2019, tocó su punto más bajo en 24.2 en 2022 y llegó a 24.6 en 2025. Por encima de donde estaba antes de la prohibición. El slider hizo lo mismo, y con más margen.

No hay manera de saber desde aquí si volvieron a untarse las manos o si encontraron otro camino: mejor entrenamiento de agarre, otra costura, otra técnica. Lo que sí se puede decir es que la variable que se desplomó apenas empezaron los controles —el spin rate— volvió a su nivel anterior y lo pasó en cuatro años.

Dos veces cambió el tablero

Puesto en orden, lo que ocurrió entre 2008 y hoy se lee como una partida.

movimientos

Sobre el primer hito hay que ser preciso, porque es el que empuja a todos los demás. En el movimiento de la zona caben dos cosas que estos datos no pueden repartir: el sistema que audita al umpire lanzamiento por lanzamiento, que arrancó en 2009, y el receptor, que siempre robó strikes y en esos años empezó a cobrar por hacerlo bien. Lo que sí está medido es que la zona se movió, y cuánto. Y el tramo entero coincide con lo demás: 2014 fue el año de menos carreras desde 1993, y los ponches subieron casi cuatro décimas por temporada.

De la pelota conviene decir qué cambia y qué no, porque la aerodinámica actúa después del contacto: no toca la zona, ni el rodado, ni el ponche, ni nada de lo que se contó hasta aquí. Cambia cuánto paga levantarla. Y eso pasó el mismo año en que el bateador empezó a levantarla. Este artículo no midió esa parte; lo midieron otros, y las salvedades están más adelante.

El último hito es el único que está ocurriendo mientras se escribe esto, y va contra el arma del propio lanzador. La recta de cuatro costuras es el lanzamiento al que más jonrones se le conectan —5.53 por cada cien batazos en 2025, contra 3.00 del sinker—, encabeza esa lista todas las temporadas desde que hay registro, y lo hace dentro de cada franja de altura, así que no es cuestión de dónde se ubica sino de qué es.

El agregado apenas se mueve en esa dirección. Al mismo corte del 30 de agosto, 2026 lleva 2.289 jonrones por juego contra 2.321 en 2025. Un 1.4% menos.

Pero el recibo llega por otra ventanilla. En el mismo tramo los boletos subieron de 6.36 a 6.75 por partido (+6.1%), el registro más alto desde 2020, y los ponches subieron una décima. Sumados los jonrones, los boletos y los ponches, su proporción pasó de 34.47% a 35.11%. Las tres series se mueven juntas: la recta pierde uso, el jonrón baja por un pelo y el boleto sube. Menos jonrones no significaron más acción: el boleto tampoco devuelve la pelota al terreno.

Nadie firmó nada de esto y nadie lo anunció. Son series independientes que se doblan en el mismo punto, y no prueban intención: prueban orden. Pero el orden ya es bastante, porque descarta la historia contraria. El ponche empezó a subir antes de la revolución del launch angle, así que no se puede atribuir entero a que los bateadores decidieran buscar más jonrones. Cambiaron el swing después de ocho años perdiendo la guerra.

El resultado agregado de toda esta secuencia son cinco pelotas en juego menos por partido entre 2008 y 2025: de 54.3 a 49.1, un 9.6% menos. Es más de la mitad de las nueve que el béisbol lleva perdidas desde 1956, concentradas en poco más de una cuarta parte de ese período.

Todo junto

Puesto en una sola frase: el béisbol conserva su tensión, su drama y sus juegos cerrados, y perdió el orden en que los reparte.

Los corredores siguen llegando a base, pero se acumulan menos; y al mismo tiempo, la vía de anotar que más creció desde los años cincuenta es la única que garantiza dejar las bases vacías. El final del partido todavía tiene tráfico, pero se resuelve cada vez más entre el lanzador y el bateador; hoy noventa y tres de cada cien turnos de esas entradas son contra un relevista. Del otro lado del plato, el bateador que hacía contacto casi desapareció como tipo.

El resultado es un partido que tiene los mismos momentos importantes que tenía en 1950, repartidos de manera que ya no construyen hacia ninguna parte, y separados por más tiempo sin acción que antes.

Y sin embargo, la gente volvió

Falta una parte que rara vez se cuenta, porque estropea la versión apocalíptica.

Después del reloj de lanzar, el público regresó. La asistencia promedio por juego había caído de 32,788 en 2007 a 28,344 en 2019; en 2024 y 2025 volvió a rondar los 29,500, y el total de 2024 fue el más alto en siete años. La Serie Mundial cayó en 2023 a 9.1 millones de espectadores, el mínimo de su historia, y en 2024 y 2025 volvió a 15.8 y 15.9 millones. El streaming de MLB rompió su récord.

Las tres series —asistencia, televisión y acción por hora— tienen la misma forma: descenso largo, mínimo entre 2019 y 2023, recuperación desde el cambio de reglas.

Hay que leerlas con cuidado, porque ninguna prueba nada por sí sola. La caída de la televisión desde los 44 millones de 1978 tiene una causa mucho mayor que el béisbol: en 1978 había tres canales. Y la asistencia la mueven los precios, la economía y los estadios tanto como el juego.

Pero el mensaje que sí se puede leer es claro y va en contra de la queja fácil. La gente no había abandonado el béisbol. La recuperación coincide con los veinticuatro minutos de tiempo muerto que le quitaron al partido. El problema no es que no venga nadie: es qué encuentra el público cuando viene.

Lo que estas tablas no dicen

No dicen por qué se vació el escalón que iba debajo de la cima del bateo. Que se vació, y cuándo, está medido aquí. Por qué, no.

No dicen que el jonrón sea malo. Es la jugada más emocionante del béisbol, y este artículo no mide nada que lo contradiga.

No dicen que la defensa no tenga nada que ver. Este artículo mide cuántas pelotas se ponen en juego, no cuántas caen de hit, y esas son preguntas distintas: un jardinero parado más atrás no le quita al juego una sola pelota bateada, pero sí convierte en out lo que antes era doble. Esa parte del promedio de bateo la mide Pavitt y no se mide aquí.

No dicen nada sobre la pelota, porque este artículo no la midió: la midieron otros. Pruebas de laboratorio en Washington State encontraron que la bola empezó a volar más lejos a partir de 2015, y el jonrón subió contra todos los tipos de lanzamiento a la vez, que es la huella que deja una pelota distinta y no un bateador distinto. No es un rumor sin quien lo respalde —MLB mide el arrastre de la bola y lo publica— ni fue un episodio único: en febrero de 2021 la liga anunció que había mandado a aflojar el devanado de lana para quitarle vuelo, y el laboratorio independiente midió menos vuelo en los batazos largos. Y que esto puede ocurrir sin que nadie lo decida se está viendo otra vez mientras se escribe esto: en 2026 la ofensiva de las ligas menores se disparó —en una de ellas los jonrones por juego casi se duplicaron en una temporada— sin cambio de reglas, ni de zona, ni de talento, y sin que el fabricante reconozca haber cambiado nada. Nada de eso altera lo que aquí se midió, porque la aerodinámica actúa después del contacto. Altera cuánto paga levantar la pelota, que es un motivo y no un mecanismo.

No dicen que el béisbol de antes fuera mejor. Los juegos de los años treinta duraban menos porque se ponchaba menos y se caminaba menos, no porque alguien lo hubiera diseñado así.

Y no dicen que la experiencia del espectador sea irreversible. El reloj de lanzar demostró en una sola temporada que se podía quitar buena parte de la espera sin tocar una regla de bateo. En la comparación más larga, la acción por hora pasó de 15.5 en 2019 a 18.3 en 2025. El problema es de diseño, y los problemas de diseño se arreglan.

Tampoco dicen que la cosa siga empeorando, y esto conviene decirlo claro porque se repite mucho lo contrario. Los tres resultados que se resuelven sin defensa —jonrón, boleto y ponche— tocaron su techo entre 2019 y 2021 y llevan cuatro temporadas completas por debajo, más la de 2026 en curso. Lo honesto es que el deterioro se detuvo, en un nivel malo. El juego dejó de caer sin haber subido.

Y hay una coincidencia que vale la pena señalar. En 2023 las Grandes Ligas atacaron el tiempo muerto con el reloj, y funcionó. En 2026 atacaron la discusión sobre los strikes con el sistema de desafío, que ya está corriendo. Las dos son mejoras reales de lo que rodea al juego. Ninguna de las dos toca lo que este artículo encontró: que el tercer acto se cayó, que hay nueve pelotas menos en el terreno por partido, y que la vía de anotar que más creció desde los años cincuenta es la única que garantiza dejar las bases vacías.

Nadie hizo nada mal

Conviene decir esto antes de que alguien busque culpables, porque no los hay.

Cada decisión tenía una lógica competitiva para quien la tomó. Sacar al abridor antes de que el orden lo vea por tercera vez, traer a un relevista de cien millas para el octavo, cambiar el swing para dejar de regalar rodados, subir la recta al pecho contra un bateador que la busca abajo: son conductas que los equipos adoptaron porque encontraron una ventaja en ellas. Este artículo no mide por separado cuánto añadió cada una a las victorias; mide el producto colectivo que dejaron.

De las cuatro, una sí quedó medida en la entrega anterior, y sirve de muestra de las demás. Entre bateadores que sacan la pelota a la misma velocidad, el que eleva más se poncha 3.2 puntos más y produce casi ocho puntos más de wOBA. Elevar cuesta contacto y devuelve carreras, y devuelve más de lo que cuesta. Visto desde el cajón de bateo, cambiar el swing no fue un capricho: fue aceptar un precio a cambio de algo que valía más.

Ningún gerente general se equivocó, y ninguno podía hacer otra cosa: el que no lo hiciera se quedaba atrás del que sí.

Pero aquí está la parte que ninguna de esas decisiones podía prever. Los dos lados se optimizaron a la vez, y terminaron anulándose.

Carreras por juego: 8.89 en los años cincuenta, 8.08 en los sesenta, 8.31 en los setenta, 8.64 en los ochenta, 8.78 en los 2010 y 8.91 en los 2020. Los años noventa y los 2000 van aparte, con 9.27 y 9.52, porque abarcan el pico de la era de los esteroides: usarlos de vara para medir la ofensiva de hoy es medir contra un pico que no era normal, igual que compararse contra el Dead Ball Era por el otro extremo. Contra el resto de la serie, el marcador de hoy no está hundido. Está donde ha estado casi siempre, y por encima de los sesenta, los setenta y los ochenta. Ahí está lo raro: después de veinte años de que los dos lados optimizaran todo, se anotan las mismas carreras que en los años cincuenta. El bateador aumentó en 1.7 grados su launch angle promedio y el lanzador ganó su altura, su slider y sus ocho brazos por partido, y de todo ese esfuerzo no salió ni media carrera por juego.

La pérdida neta más visible es la que quedó por el camino: nueve pelotas menos en el terreno por partido que en 1956, y cinco de ellas desde 2008.

Eso es lo que hace difícil arreglarlo. No es un error que alguien pueda corregir, porque nadie lo cometió. Es el resultado agregado de treinta organizaciones haciendo cada una lo racional, y ese resultado no le pertenece a ninguna.

Se parece a un problema de acción colectiva: cada organización toma la decisión que la competencia le exige, y la suma de todas empobrece el producto común. Y de ahí nadie sale solo. El equipo que decidiera mañana volver al sinker por principio no arreglaría el béisbol y se expondría a una desventaja competitiva. Por eso el problema solo lo puede tocar quien escribe las reglas.

Aquí es donde mucha gente nombra a la sabermetría, y conviene detenerse, porque la acusación tiene una parte cierta y un salto que no se sostiene.

La parte cierta es que una parte importante de las decisiones estratégicas que este artículo describe pasó primero por el mismo tipo de análisis con el que aquí se midieron: la historia completa del béisbol, jugada por jugada, interrogada una y otra vez hasta que suelta un patrón. Sacar al abridor antes de que el orden lo vea por tercera vez, buscar el brazo de cien millas para el octavo, subir el plano del swing: son decisiones que alguien calculó antes de que alguien las tomara. Negarlo sería absurdo.

Pero la sabermetría analiza y mide, y no ejecuta. No batea, no cambia de lanzador, no arma un roster. Y con una regla de medir más exacta no se puede estar en desacuerdo: si el wRC+ describe mejor que el promedio de bateo lo que un bateador produce, eso no es una opinión que se pueda rebatir: es una regla más fina. Lo que la gente no soporta, y tiene derecho a no soportarlo, son las decisiones que se toman con esas mediciones. Y esas las toma una persona.

Y hay un eslabón más, el que cierra el círculo. Esas decisiones no se quedan en la pizarra: se ejecutan, y el que las tomó mira el marcador para saber si acertó. Todas las que se enumeraron aquí arriba se extendieron porque los equipos encontraron una ventaja en ellas, y la siguen encontrando: si dejaran de encontrarla, dejarían de hacerlo. Para quien las toma no son una opinión sobre el béisbol. Son una cuenta que ya le salió.

Por eso el reclamo no encuentra con qué rebatirse. El aficionado no está discutiendo con una idea equivocada, que sería fácil: está discutiendo con una idea que a quien la usa le está funcionando. Una moda se pasa sola. Esto no, y no se va a ir por convencimiento de nadie.

Falta entonces la pregunta que reparte bien las responsabilidades: le funciona, ¿para qué? Ese circuito busca lo que sirve para ganar, porque ganar es lo único que el reglamento premia. Nadie puso nunca a prueba si sirve para entretener; eso no aparece en la tabla de posiciones. El procedimiento hizo exactamente lo que se le pidió.

Lo que la sabermetría hace es enseñar dónde están las carreras, y con ellas las victorias. Caminar hasta allá lo decide alguien, y ese alguien tampoco es libre: el que no camina pierde contra el que sí. Los Atléticos de Billy Beane sacaron ventaja por llegar antes que nadie a esas mediciones; hoy los treinta equipos tienen los mismos números y a nadie le queda ventaja por mirarlos. Lo único que queda es la desventaja de no mirarlos. Por eso el reclamo se queda sin destinatario. Y si el camino más corto para ganar resulta aburrido, eso es un hecho sobre las reglas del juego, no sobre la regla de medir.

El primero de los hitos de esa secuencia, además, tampoco se le puede adjudicar entero a una oficina de análisis. Coincidió con el sistema nuevo con que MLB le califica los strikes a sus umpires, que no lo pidió ningún departamento; pero dentro del mismo número está también el receptor, que siempre recibió la pelota buscando que pareciera strike y a quien en esos años empezaron a medírselo y a pagárselo, y eso último sí es sabermétrico. Estos datos no permiten repartir cuánto puso cada uno. Lo que sí se ve es otra vez la misma distinción: el análisis no inventó la destreza, le puso precio, y con el precio puesto los equipos decidieron. Lo que no se puede es adjudicarle el movimiento entero al culpable más cómodo.

Las reglas de 2023 ofrecen un ejemplo dentro de este mismo artículo. En 2023 las Grandes Ligas hicieron las dos cosas a la vez. Prohibieron el shift, que es pedirle a los equipos que dejen de hacer algo que les conviene, y no devolvió ni medio hit. Y agrandaron las bases y limitaron los pickoffs, que es cambiarle la aritmética al corredor, y los intentos de robo subieron un 42% de 2022 a 2024. La diferencia entre las dos reglas es la diferencia entre pedirle a alguien que juegue peor y hacer que jugar distinto le convenga. Lo primero obliga a jugar de una manera que los equipos no escogerían por sí solos. Lo segundo no necesita convencer a nadie: se escoge solo. El incentivo manda sobre la conducta, y una regla que no toca el incentivo puede cambiar la conducta por obligación, pero no garantiza el efecto que buscaba.

Y hay una tercera categoría, la de las sustancias pegajosas: los controles produjeron una caída inmediata del spin rate y subieron 1.29 puntos la proporción de swings contra la recta que terminaron en pelota bateada. Cuatro años después el spin rate había recuperado su nivel anterior y lo había pasado, aunque estos datos no permiten decir por qué.

En un foro de aficionados, alguien escribió una queja larga contra la sabermetría. Extrañaba los sencillos, el corredor que avanza, el doble por la línea, el riesgo; decía que todo se veía limpio y automatizado, y que había dejado de ver juegos. Casi todos sus datos estaban mal. Dijo que el sinker se había acabado, y el sinker es uno de cada seis lanzamientos. Dijo que ahora todo el mundo tiraba recta cortada, cuando el lanzamiento que se apoderó del menú fue el slider.

La nostalgia hace casi siempre lo mismo: agranda lo que había. Lo que ese hombre extrañaba está medido en este artículo y sigue medido cuando se corrigen los datos que citó: nueve pelotas menos en el terreno, un tercer acto que se apagó, el rally que se corta antes de llegar. Sintió bien y explicó mal. No estaba equivocado sobre lo que había perdido. Estaba equivocado sobre a quién reclamárselo.

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Cómo se hizo

Las jugadas salen de los event files de Retrosheet, temporada regular únicamente, de 1910 a 2025, procesadas con la probabilidad de victoria, el leverage index y el valor en carreras de cada jugada calculados para su propia temporada.

La probabilidad de victoria no se estima ajustando un modelo contra el resultado de los juegos: se define por inducción hacia atrás sobre la ecuación de Bellman, tomando la probabilidad de cada transición posible desde cada estado de bases, outs, entrada y marcador. Eso garantiza que la tabla sea consistente consigo misma y que la suma de los cambios de un partido cierre exactamente en su resultado. El WPA de cada jugada es la diferencia entre la probabilidad antes y después.

El leverage index se deriva de esa misma tabla: es el movimiento esperado de probabilidad desde un estado, dividido entre el movimiento esperado promedio de la liga esa temporada. Ese divisor —el movimiento promedio en probabilidad, sin dividir por nada— es la cifra que se usa aquí para comparar la tensión entre épocas, porque el promedio del leverage index está normalizado a 1.00 cada año y, por construcción, no puede mostrar diferencias en el nivel general de tensión entre épocas. Su distribución sí puede mostrar diferencias de forma, que es lo que mide la Tabla 1.4, en la primera entrega.

Esa normalización es también la razón por la que la Tabla 1.4, en la primera entrega, mide la forma del reparto y no su nivel. Los cortes de los cinco cajones salen de ordenar los quince millones de turnos de 1910 a 2025 y partirlos en quintos, una sola vez: 0.31, 0.65, 0.97 y 1.51. Son los cortes que salieron y así se usaron, sin redondear ninguno. Sacar los quintos dentro de cada década habría dado 20% en las cinco columnas de las doce filas, por construcción, y no habría medido nada. La tabla cuenta turnos sobre el total de la década y no promedia el porcentaje de cada juego.

Las entradas extra quedan fuera de la Tabla 3.6, la de las entradas, en la tercera entrega. La temporada de 2020 queda fuera de los promedios por década, y también 1918, 1919, 1981, 1994 y 1995, todas acortadas.

Los minutos por juego vienen de los boxscores de Retrosheet. La comparación entre batazos toma el estado exacto de bases y outs antes de la jugada, y mide lo que ocurrió después dentro de la misma media entrada.

Los errores salen de esos mismos event files. La descomposición del 41% aplica la tasa de error de cada época a las pelotas en juego de la actual: lo que sobra es lo que hizo la defensa y no el bateo. Hay una parte de esa serie que no se usa. Los errores que ponen al bateador en primera cayeron un tercio entre 2019 y 2025, después de quince temporadas sin moverse, mientras que los que no lo embasan —el tiro malo que adelanta a un corredor, el error en un intento de robo— subieron. Lo que cambió no fue la defensa sino quién decide: desde julio de 2020 los anotadores oficiales trabajan frente a los monitores de la sala de replay, con ángulo, zoom y cámara lenta, y no desde la cabina de prensa. El fanático vio la misma jugada de siempre; cambió el libro. Por eso ese dato no sostiene ninguna conclusión de este artículo.

El abridor de cada equipo es el lanzador que enfrenta al primer bateador del rival en el juego; todo lo demás cuenta como relevo. Es una definición operativa y no la oficial. Comparada con el abridor que Retrosheet declara en el registro del juego, las dos coinciden en 407,761 de las 407,816 medias partes de la serie: cincuenta y cinco discrepancias en 116 años.

Los titulares del conteo de bateadores son los que acumularon 400 turnos o más en una temporada. Los umbrales de contacto y de poder son fijos para todas las épocas, a propósito: lo que se está midiendo es si el tipo dejó de existir, no si se movió respecto a sus contemporáneos. Con umbrales relativos a cada década siempre habría bateadores de contacto por definición y la pregunta no tendría respuesta. Ese mismo criterio tiene dos costos, y los dos están dichos en el texto. El primero es que si el pitcheo se puso más difícil para todo el mundo, un umbral fijo se vacía sin que nadie haya cambiado de oficio, y eso el diseño no lo puede separar. El segundo es que el umbral de poder resulta demasiado exigente para los años veinte, cuando casi nadie llegaba a veinte jonrones, así que la columna de "contacto sin poder" está inflada en las primeras décadas. La comparación que sostiene el argumento es contra los años cincuenta en adelante.

El wRC+ mide la producción de un bateador por turno contra la liga de su temporada, ajustada por parque; el FIP− mide al lanzador solo por lo que él controla —ponches, boletos, golpeados y jonrones—, sin contar lo que hace la defensa detrás, y por eso es la vara correcta en un artículo que demuestra que la defensa de hoy fildea nueve pelotas menos por juego. En los dos, 100 es la liga: en el wRC+ más es mejor y en el FIP− es al revés. La serie del FIP− arranca en 1950 porque antes el dato no es consistente. Cuando un jugador cambió de equipo en una temporada, sus registros se suman ponderados por turnos o por entradas, y se descartan las filas de resumen que la base guarda por separado para no contarlo dos veces.

Las carreras que entran por jonrón se cuentan por las impulsadas en esas jugadas: en un jonrón, todas las que anotan las impulsa el bateador, así que las dos cifras son la misma. El juego completo es aquel en que el único lanzador que enfrentó al otro equipo fue el que abrió.

Los lanzamientos por turno y su reparto —bola, strike cantado, swing fallado, foul, pelota en juego— salen de la secuencia que Retrosheet guarda para cada turno. Esa secuencia está prácticamente completa desde 1988 y casi no existe antes, así que esa comparación no va más atrás.

Las cifras de 2026, y las de cualquier comparación que la incluya, están recortadas al 30 de agosto en todos los años, porque la temporada está en curso y el jonrón sube con el calor.

La asistencia sale del dato de público que Retrosheet guarda para cada juego; se excluyen del promedio los juegos sin registro y la temporada de 2020, que se jugó sin gente. Los datos de televisión y los totales de asistencia de las últimas temporadas no salen de esta base: están citados en las fuentes.

La velocidad del bate y el largo del swing salen del mismo sistema de seguimiento y existen solo desde 2023, que además viene incompleta: en esa temporada falta el dato en el 58% de los swings, y de 2024 en adelante la cobertura pasa del 93%. A cada bateador se le calcula su velocidad de bate promedio sobre los swings fuera de las cuentas de dos strikes, porque con dos strikes el swing baja milla y media y eso mezclaría al hombre con las cuentas en que se mete; para entrar hacen falta doscientos de esos swings en la temporada. Los quintiles se calculan sobre bateadores y no sobre swings, dentro de cada temporada por separado. Cuenta como swing el que termina en fallo, en foul o en pelota bateada. La comparación de fallo por banda de velocidad reúne las cuatro temporadas de 2023 a 2026 y se verificó además una por una; la Tabla 5.1, en la quinta entrega, usa solo 2024 y 2025, y su unidad es la temporada de un bateador, de modo que quien jugó las dos aparece dos veces. El grupo de bateadores de contacto de la comparación larga no se define por velocidad de bate —que no existe para 2015— sino por el mismo umbral del capítulo, menos de 12% de ponche con trescientos turnos o más, y esa serie arranca en 2015 porque antes la base no trae el denominador del wOBA.

El spin rate existe en el dato solo desde 2015, así que ahí no hay serie larga y las comparaciones se hacen dentro de esa ventana. La velocidad es la de salida de la mano, que es como la mide el sistema desde 2008. No es la misma vara que las lecturas de radar de los años ochenta, tomadas más cerca del plato y por eso más bajas, así que aquí no se compara contra ninguna época anterior: solo la serie interna, que sí es consistente consigo misma. Los lanzamientos vienen del sistema de seguimiento de MLB, de 2008 a la temporada en curso: 12.9 millones con el tipo identificado, de los cuales 6.5 millones son los que el bateador dejó pasar con ubicación completa registrada, que son los que sostienen la Teoría 6. La altura de cada lanzamiento se expresa contra la zona de strike del propio bateador —el sistema la mide para cada turno— de modo que vale 0 a la altura de las rodillas y 1 a la altura del pecho, y un bateador alto y uno bajo se pueden comparar. Para separar el swing y el contacto por altura se usan bandas absolutas en pies sobre el plato, no la zona estimada de cada bateador, por la misma razón: un lanzamiento a 1.60 pies del suelo está a 1.60 pies en 2008 y en 2026, mientras que la zona estimada depende de un sistema que cambió tres veces. La fecha en que la zona cambió se localiza comparando cada mes contra el mismo mes de otras temporadas y no contra el mes anterior, porque abril es frío y septiembre trae los ascendidos de ligas menores; la franja alta de la zona sirve de control, porque un cambio en el aparato de medir habría movido las dos a la vez. La descomposición del rodado aplica el reparto de alturas de una temporada a las tasas de rodado por altura de otra, el mismo método que se usó con los errores. Lo que el cambio de alturas no explica queda como residuo, y ese residuo no es atribuible al bateador sin más: ahí caben también la velocidad, el tipo de lanzamiento, la ubicación horizontal y el conteo, que esta descomposición no separa. La recta es la de cuatro costuras; el sinker agrupa las variantes de recta con movimiento hacia abajo, y el slider incluye el sweeper, que aparece como categoría propia solo en los últimos años.

El ángulo de salida de cada batazo sale del sistema de seguimiento de MLB, y la Tabla 5.2, en la quinta entrega, lo publica en bruto, sin clasificarlo en tipos. Es una decisión deliberada. El sistema trae también una etiqueta —rodado, línea, elevado, palomita— y esa etiqueta no es función del ángulo: en la banda de 25 a 30 grados el batazo se llamó línea el 46.7% de las veces en 2015 y el 21.1% en 2025, y hay batazos etiquetados como rodado por encima de los 85 grados. Su criterio se movió, así que no sirve para comparar entre temporadas y aquí no se usa.

La proporción de rodados sale, en su lugar, de la descripción escrita de la jugada: MLB narra cada out y cada hit —"grounds out to shortstop", "singles on a sharp line drive"— y esa redacción es la misma de 2008 a hoy. Quedan fuera las jugadas cuya descripción no menciona la trayectoria, entre el 1.9% y el 3.2% del total según la temporada; son casi todas rodados de cuadro, así que la cifra subestima algo el rodado y lo subestima más en los años viejos. La descomposición por alturas usa esa misma clasificación, de modo que sus cifras y las de la tabla por tramos son la misma cosa medida igual.

Del código de tipo de batazo de Retrosheet no se usa nada: cambia de régimen en 1988, 1989, 2009 y 2021, y además se deriva de estas mismas descripciones, así que tampoco habría sido una fuente independiente.

La temporada de 2015 se lee con reserva porque fue el año de calibración del sistema, y el sistema cambió de tecnología en 2020, lo que se nota sobre todo en la cola baja del reparto de ángulos. El seguimiento de un mismo bateador de un año al siguiente exige cien batazos o más en las dos temporadas y el mismo equipo en las dos, y al cambio de cada hombre se le resta el cambio promedio de todos los que se quedaron ese año, de modo que el efecto del año y el del aparato se van con la resta. La misma correlación aplicada al nivel de ángulo de cada equipo —cuánto elevan sus bateadores, sin importar de dónde salieron— da +0.66, así que el método distingue equipos cuando hay algo que distinguir.

Fuentes

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  • "Win Probability Added", FanGraphs Library. Enlace
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