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La pregunta que quedó abierta (5/6)

Cuatro explicaciones posibles, sometidas una por una a los datos de Grandes Ligas, y la cronología de dos cambios que el béisbol vivió en el mismo cuarto de siglo: cuándo empezó a subir el ponche y cuándo cambió el swing.

Por Alberto Perdomo · 11 Oct 2026 · 25 min de lectura
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Serie: El fanático no se equivocó. Se equivocó de culpable — Parte 5 de 6

Artículo anterior:
Parte 4 — Los dos lados del mismo turno
Inicio de la serie:
Parte 1 — Los cinco sospechosos de siempre

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El tercer acto cambió por ambos lados: el bullpen ocupó el final y el bateador de contacto casi desapareció. Esa desaparición está medida; su causa, no. La búsqueda continúa entre cuatro posibilidades: demanda, selección de jugadores, reacción al shift y dificultad del pitcheo moderno.

Una primera hipótesis es de demanda. Si los equipos arman la ofensiva alrededor del jonrón, el bateador de contacto queda huérfano dentro de su propia alineación. Su sencillo vale menos, porque detrás de él ya no viene la cadena que lo iba a empujar sino un hombre que va a intentar sacarla o a poncharse en el intento. La caída del 5.7% en las amenazas de cinco turnos o más es compatible con eso: el primer corredor arranca menos secuencias largas que antes. Si eso le bajó el valor al sencillo dentro de la alineación moderna, también pudo bajarle la demanda al hombre que los da: firmarlo, desarrollarlo, subirlo. Visto así, el bateador de contacto no habría escogido desaparecer. Habrían dejado de comprarlo.

La segunda podría salir de la primera, porque la demanda guía a la oferta. Pero no por la vía que uno supondría: el swing no se enseña, se perfecciona, y la velocidad del bate es un atributo que viene con el muchacho. Lo que sí se decide es a quién se firma y en quién se gastan tres años de comida, entrenador y terreno. El dueño de una academia que ve llegar a dos jóvenes de 13 años —uno que le da a todo y otro que le da durísimo de vez en cuando— no está calculando cuál de los dos va a batear mejor: está calculando cuál de los dos va a vender. Y esa cuenta no se hace sobre el terreno, se hace sobre el mercado. El muchacho que firma hoy a los dieciséis no escoge su swing, pero sí lo escogen a él, y el que buscan no se parece a Luis Castillo.

Pero esa segunda supone un canje que quizás no existe. Brad McKay midió en FanGraphs si el bateador de verdad cambia contacto por poder. Comparó bateadores que reciben el mismo tipo de lanzamientos, para que la diferencia no venga de que a uno le tiran más rectas que a otro, y buscó cuánto del poder de un hombre se puede adivinar sabiendo cuánto contacto hace. La respuesta es casi nada: el contacto apenas explica el 12% de lo que separa a un bateador de otro en poder. El 88% restante viene de otra parte. Su conclusión es que cada quien le pega tan duro como puede y no escoge. Los datos de este artículo le dan a ese hallazgo un mecanismo físico. La velocidad del bate es una dotación: se trae, y lo que el entrenamiento le agrega son dos o tres millas contra las ocho y media que separan al swing más lento del más rápido de la liga. Arráez no escogió el contacto por encima del poder; tiene un swing de sesenta y una millas. Si nadie escoge, entonces el pelotero de hoy no está entrenando poder a cambio de contacto.

Y la tercera encadena este capítulo con el del shift. Si el shift le quitaba el premio al rodado, había que enseñar a batear por el aire; y el swing de launch angle falla más por construcción. Por esa vía el ponche no sería el precio del jonrón, sino el precio de esquivar el shift.

Esa tercera tiene dos límites que conviene poner por delante. El primero es de alcance: el shift se le ponía sobre todo al zurdo, así que como mucho explicaría lo que le pasó a una parte de los bateadores y no al bateador de contacto en general. Y el segundo es de fecha: el shift está prohibido desde 2023 y el ponche no se redujo. Está en la Tabla 1.2, la de la primera entrega: 17.26 ponches por juego en las cuatro temporadas anteriores a la prohibición, 16.97 en las tres siguientes, un 1.7% que cabe en el ruido de cualquier temporada. La prohibición no produjo ninguna reversión, ni del swing ni del descenso de los rodados. Eso por sí solo no descarta que el shift haya empujado en su momento —una adaptación puede sobrevivir a la regla que la provocó—, pero deja a esta tercera explicación sin la confirmación que habría sido fácil de dar.

Aun con esos dos límites conviene mirarla de cerca, porque obliga a preguntarse por qué cambió el swing. Como se va a ver, la cronología encaja mejor con una respuesta al aumento de los rodados que con una respuesta dirigida contra el shift.

Y la cuarta se repite en cualquier conversación de béisbol: que el pitcheo de hoy —98 millas y sliders imposibles— volvió el contacto mucho más difícil. El umbral de este capítulo es fijo, y ahí está la trampa: bateador de contacto es el que se poncha menos del 12%, en cualquier época. Si el lanzamiento se puso más duro para todo el mundo, ese umbral se vacía solo, sin que un solo pelotero haya cambiado de oficio.

Lo que hay a favor de esa cuarta es que con dos strikes el bateador no se rindió: le tira a la misma proporción de lanzamientos que en 2008 y batea incluso más foules que entonces. Fuera de esa cuenta sí cambió, y bastante: Pavitt mide que la proporción de lanzamientos malos a los que el bateador le tira subió de 23.7% en 2007 a 31.9% en 2023, mientras el contacto dentro de la zona bajaba de 88.2% a 85.4%. Persigue más y conecta menos. Con dos strikes, en cambio, no se le ve menos disposición a tirarle; y al mismo tiempo le cambió el menú, con el slider pasando del 19% al 26% y el sinker reduciéndose a la mitad.

De esa cuarta se puede medir una parte, y conviene ver cuál.

Desde 2023 el sistema mide la velocidad del bate, y con eso se puede separar al bateador lento del rápido y ponerlos a los dos contra la misma recta. El resultado va en contra de lo que todo el mundo supone. Contra la bola de menos de noventa millas, el quintil de swing más lento falla 7.6% de sus swings y el más rápido 13.4%. Contra la de noventa y siete o más, el lento falla 15.5% y el rápido 23.7%. Los dos empeoran, y el lento empeora menos: siete puntos y nueve décimas contra diez puntos y tres. Su ventaja no se derrite con la velocidad, se agranda: cinco puntos y ocho décimas contra la recta más lenta, ocho puntos y dos décimas contra la más dura. Medio millón de swings, cuatro temporadas, y ninguna de las cuatro discrepa.

Lo mismo dicen las otras dos maneras de preguntarlo. El bateador de contacto fallaba 8.7% de sus swings contra la bola de noventa y siete o más en 2015 y 9.7% en 2025: la brecha con el resto de la liga no se abrió. Y tampoco lo atacan distinto: hoy ve un 38.6% de sus rectas a noventa y cinco o más, y el resto de la liga ve 41.1%. Un poco menos, no más.

Y hay un sitio donde el béisbol entero se cae por un barranco, que conviene separar de lo anterior. Subiendo de banda en banda, el swing fallado crece unos dos puntos cada vez —11.6% por debajo de noventa, 13.9%, 16.2%, 18.0%, 20.1% entre noventa y siete y noventa y nueve, 23.2% entre noventa y nueve y ciento uno— y de ahí en adelante salta a 30.2%. Siete puntos de golpe en el último escalón. La pelota puesta en juego hace el camino inverso: baja de tres en tres y en ese mismo escalón se cae seis, de 29.2% a 23.0%.

El bateador de bate lento se cae también —falla 18.6% entre noventa y nueve y ciento uno, y 23.6% por encima—, pero se cae menos que nadie: contra esa recta el bate rápido falla 33.7%, y esos diez puntos de diferencia son la mayor distancia entre los dos de todas las bandas. Son 475 y 519 swings, la muestra más fina de este capítulo, así que la cifra se da con ese aviso puesto.

Contra la recta de cien millas, el bateador de bate lento sigue siendo el que más contacto hace de toda la liga. La velocidad no le borró la ventaja.

Lo que sí cambió es cuánta gente puede llegar a ese barranco. En 2008, veinte lanzadores en todo el béisbol tiraron una recta de cien millas, doscientas trece veces en la temporada entera. En 2026 son ochenta y siete lanzadores y 4,435 lanzamientos: del 0.05% de las rectas al 1.57%. La recta promedio pasó de 91.4 a 94.5 millas por hora en dieciocho temporadas. Tres millas suenan a poco y no lo son: en la escala de arriba es mover el promedio desde la banda donde se falla el 13.9% de los swings hasta la banda donde se falla el 16.2%. Y no le pasa a una recta de cada cien: le pasa a todas.

Y esto sigue moviéndose mientras se escribe. Hasta el 30 de agosto de 2026, esos ochenta y siete lanzadores llevaban 4,435 rectas de cien millas; el año pasado fueron setenta y nueve lanzadores y 3,575 en la temporada completa. No solo son más hombres: cada uno tira más, de cuarenta y cinco de esas rectas por lanzador a cincuenta y una.

Eso es todo lo que estos números permiten decir, y conviene no estirarlo. Los dos grupos fallan más cuando sube la velocidad, así que nada de esto descarta que el endurecimiento general del pitcheo —la velocidad, el slider, la ubicación, la secuencia— haya empujado a muchos bateadores por encima del 12% y vaciado el umbral desde afuera. Para descartar eso habría que estimar cuántos quedarían debajo del 12% si enfrentaran el menú de lanzamientos de antes, y eso no está hecho aquí.

Lo que sí se puede mirar es otra columna.

Tabla 5.1. Lo que paga cada manera de batear

Cada fila reúne a los bateadores de 2024 y 2025 con al menos trescientos turnos, agrupados por cuánto se poncharon. "Valor de su contacto" es el xwOBA de sus batazos: lo que la velocidad y el launch angle de cada pelota bateada valen en promedio, sin contar lo que hizo la defensa ni lo que pasó en los turnos que no terminaron en batazo. "Lo que produce" es su wOBA de la temporada completa, ponches y boletos incluidos. El promedio de esta muestra es .328. La velocidad del bate se mide fuera de las cuentas de dos strikes y existe en el dato solo desde 2023. Fuente: el sistema de seguimiento de MLB.
Se ponchaBateadoresVelocidad del batePoncheValor de su contacto (xwOBA)Lo que produce (wOBA)
Menos de 12%2265.69.7%.316.328
De 12 a 15%4968.913.7%.334.330
De 15 a 20%15169.517.7%.357.331
De 20 a 25%17270.422.5%.379.327
25% o más16671.528.5%.410.326

La última columna es plana. El hombre que se poncha una de cada diez veces produce .328; el que se poncha casi tres de cada diez produce .326. Los tres escalones del medio caen entre .327 y .331. Cinco maneras distintas de pararse en el cajón, y las cinco terminan en el promedio de la liga.

La penúltima columna dice por dónde. El contacto del que no se poncha vale .316; el del que se poncha todo el tiempo vale .410. El que más se poncha produce mucho más cuando le da a la pelota, y el resultado final termina igualado. Dos caminos opuestos que llegan al mismo sitio.

En 2024 y 2025 el contacto no recibió ninguna prima ofensiva visible: caminos muy distintos terminaron produciendo casi lo mismo. Con la salvedad de que esto es una fotografía de dos temporadas y no una serie: dice cómo se paga hoy, no cuánto se pagaba antes.

Ahí está Arráez. En 2025 se ponchó 3.2% de sus turnos: el segundo mejor de las Grandes Ligas se ponchó 7.5%, más del doble. Nadie ha hecho contacto así en esta generación. Y produjo .316 de wOBA contra una liga donde el jugador promedio batea de .333; en 2024, .330 contra .329. El mejor control del bate del béisbol convertido, dos años seguidos, en una temporada del montón.

Y hay una última capa que ayuda a entender por qué podría no haber más como él. Casi todo bateador de contacto tiene el swing lento —dieciocho de los veintidós— pero al revés no funciona: de los cincuenta y cinco hombres con el swing más lento de la liga, cuarenta y tres no son bateadores de contacto. Se ponchan 17.4% de mediana y uno de ellos llega a 34.5%. El swing lento no compra contacto: compra menos poder.

El bateador de contacto casi desapareció, y eso está medido. Lo que estos números descartan es una versión concreta de la explicación: que la velocidad le arruinara el oficio, porque contra la recta más dura sigue fallando menos que nadie. Lo que dejan en pie es lo otro: su destreza sigue siendo posible, sigue siendo rarísima, y hoy no se le paga más que a su contraria.

El swing cambió, y se puede ver

De la revolución del launch angle se habla desde 2015. Lo primero es confirmar que ocurrió.

Ocurrió. Este es el reparto de los batazos según cómo salieron de la madera, medido por el sistema de seguimiento de MLB, que usa el mismo método todos los años:

Tabla 5.2. El ángulo del batazo, 2015-2026

El launch angle de cada batazo, en grados sobre la horizontal, sin clasificar en tipos. Cada columna es un punto del reparto: en el decil bajo caen los batazos más aplastados y en el alto los más empinados. La temporada de 2020 queda fuera por acortada, y las cifras de 2015 se leen con reserva porque fue el año de calibración del sistema. El sistema de seguimiento cambió de tecnología en 2020; el salto del decil bajo entre 2019 y 2021 —de −21° a −24°— cae justo ahí, así que esa columna se lee con la misma reserva a los dos lados de esa fecha. La de 2026 va hasta el corte de esta serie. Temporada regular. Fuente: el sistema de seguimiento de MLB.
AñoDecil bajoCuartil bajoMedianaCuartil altoDecil altoPromedio
2015−21°−8°10°28°46°10.8°
2016−21°−8°11°29°47°11.4°
2017−21°−7°12°29°47°11.7°
2018−21°−7°12°30°47°12.3°
2019−21°−6°13°30°48°12.6°
2021−24°−6°13°31°49°12.0°
2022−23°−6°13°31°49°12.4°
2023−23°−5°13°31°49°12.5°
2024−23°−5°14°31°50°13.0°
2025−22°−5°14°31°50°13.1°
2026−22°−4°14°32°51°13.4°

El reparto se corrió hacia arriba desde 2016 —el primer año que el sistema mide de manera comparable—, aunque no en todas partes. La mediana sube de 11 a 14 grados y el cuartil bajo de −8 a −4: el batazo típico y el batazo aplastado se levantaron los dos. Arriba pasó lo mismo, pero eso no es del todo buena noticia para el bateador: el decil alto sube de 47 a 51 grados, y por encima de cincuenta grados ya no hay elevados sino palomitas. La única columna que no acompaña es la primera: los batazos más aplastados de todos están hoy un grado por debajo de donde estaban. La liga no solo aprendió a levantar la pelota. También aprendió a levantarla demasiado.

Y hay una manera de saber si eso fue la misma gente cambiando o la liga cambiando de gente. Se puede seguir a cada bateador de un año al siguiente, contando solo a los que se quedaron en el mismo equipo y batearon lo suficiente en las dos temporadas. Esos hombres —los mismos, en el mismo sitio— subieron su ángulo 2.51 grados entre 2016 y 2019, mientras la liga entera subía 1.81. Descartando 2016, que arrastra el año de calibración del sistema, los tres años siguientes dan 1.72 contra 1.17. La cuenta va en el mismo sentido por las dos vías: no es que entraran bateadores nuevos que elevaran más. Es que los que ya estaban empezaron a batear distinto.

Lo que no se puede es señalar a alguien. Mirando qué equipo le subió el ángulo a su propia gente más que la liga, el que lidera un año no tiene mejor suerte que una moneda de liderar el siguiente: la correlación de un equipo consigo mismo entre temporadas consecutivas es de −0.04.

Y los nombres tampoco ayudan a la versión heroica. Los dos equipos que más elevaban cuando esto empezó, los Mets y Tampa en 2016, estaban los dos por debajo de la liga tres años después. El único que sostiene el nivel es Los Ángeles, con nueve temporadas seguidas por encima, y entra en 2018, cuando la liga ya llevaba dos años subiendo. Nadie fundó esto. Se movieron todos.

Tabla 5.3. Qué tan rápido subía o bajaba la proporción de rodados, 2008-2026

La proporción de batazos que salen rodando, según cómo describe la jugada el anotador oficial —"grounds out", "on a ground ball"—, que es la única clasificación disponible sin interrupciones desde 2008. Quedan fuera los batazos cuya descripción no menciona la trayectoria: errores, fielder's choice y sacrificios, entre el 1.9% y el 3.2% del total según la temporada. Son casi todos rodados de cuadro, así que estas cifras subestiman algo el rodado, y lo subestiman más en los años viejos: el sesgo va en contra de lo que la tabla muestra, no a favor. "Cambio en el periodo" compara la primera temporada con la última; "ritmo anual" es la pendiente sobre todas las temporadas del tramo, en puntos porcentuales por año. La temporada de 2020 queda fuera de los cálculos por acortada. Temporada regular. Fuente: el sistema de seguimiento de MLB.
PeriodoRodados en la primera temporadaEn la últimaCambio en el periodoRitmo anual
2008-201543.8%45.7%+4.3%+0.31
2016-202644.9%41.3%−8.0%−0.32

Entre 2008 y 2015 la liga estaba bateando cada vez más al piso, no menos. El rodado sube de 43.8% a 45.7% y el pico cae exactamente en 2015, con la pendiente hacia arriba más pronunciada de la serie.

Y ahí se invirtió. De 2016 en adelante el rodado baja hasta 41.3%, y baja a un ritmo casi idéntico al que traía subiendo, con el signo cambiado: +0.31 puntos por temporada antes, −0.32 después.

El launch angle no aceleró una tendencia. Le dio la vuelta. Y ese es un argumento mucho más difícil de rebatir, porque una aceleración puede ser inercia y un cambio de signo no lo es.

Falta explicar por qué se estaba hundiendo, y la respuesta está en un capítulo anterior de este mismo artículo. Entre 2008 y 2015, la pelota que pasa a la altura de las rodillas —de 1.50 a 1.75 pies sobre el plato— dejó de ser bola y se volvió strike: de cantarse una de cada cuatro veces a siete de cada diez. El bateador respondió a eso como respondería cualquiera, tirándole a lo que ahora le cobraban: en esa franja el swing subió 5.4 puntos, y una más abajo, 5.9. Por encima de la zona, donde la tasa de strike cantado apenas se movió, el swing bajó nueve décimas. El aumento se concentró en las franjas bajas que empezaron a cobrarse como strike.

Y esa respuesta tiene fecha, bastante más estrecha que el tramo. Contando mes por mes, 2009 no se distingue de 2008: la franja de las rodillas se cantó strike el 24.9% de las veces en abril de 2009 contra 25.1% en abril de 2008, cinco de los seis meses de esa temporada quedan a menos de tres puntos de su equivalente del año anterior y tres de ellos quedan por debajo. El cambio aparece de golpe en abril de 2010, cuatro puntos por encima del mismo mes del año anterior y siete a mitad de temporada, y aparece también en la franja de más abajo. En la parte alta de la zona pasó lo contrario: los seis meses de 2010 quedaron por debajo de sus equivalentes de 2009. Si lo que hubiera cambiado fuera el aparato que mide dónde pasa la pelota, las dos franjas se habrían movido juntas.

El rodado da su escalón el mismo año y sin retraso: sube en cinco de los seis meses de 2010 contra sus equivalentes de 2009. Lo que sí cambia es cuánto devuelve. La zona subió casi al mismo ritmo en los dos tramos —7.3 puntos por año entre 2009 y 2012, 7.6 entre 2012 y 2015— y el rodado respondió con 0.54 puntos por año en el primero y 0.21 en el segundo. No es que la zona dejara de empujar: es que el bateador se quedó sin margen para seguir bajando el contacto.

Lo que estas cifras fechan es el efecto, no la causa, y la fecha del sistema está documentada. El 1 de abril de 2009 las Grandes Ligas anunciaron que Zone Evaluation entraba ese mismo día inaugural y en los treinta estadios, en lugar del QuesTec, que solo cubría un tercio de los parques. No fue un despliegue parcial ni una temporada de pruebas: el sistema llevaba un año entero midiendo a los treinta antes de que la zona se moviera. Los umpires cambiaron con la temporada siguiente, no con la instalación del aparato. Por qué tardaron ese año, estos datos no lo dicen.

Y de ahí sale el rodado. La cuenta se puede separar, y para separarla hay que restringir la población a los batazos que el sistema de seguimiento registra con altura. La clasificación es la misma de la Tabla 5.3 —la del anotador—, así que estas cifras y las de esa tabla son la misma cosa medida igual.

El rodado va de 43.8% en 2008 a 45.7% en 2015, una subida de dos puntos. Si se toma el reparto de alturas de 2008 y se le aplican las tasas de rodado por altura de 2015 —cambian las tasas, la pelota llega donde llegaba antes—, el rodado da 43.7%: no se mueve. Si se hace al revés —la pelota llega más abajo, las tasas son las de 2008—, da 45.8%: la subida entera. La tasa de rodado a cada altura es prácticamente la misma en las dos temporadas, y en ninguna de las nueve bandas se mueve más de un punto; lo que cambió es dónde se hace contacto. Por debajo de 1.75 pies pasó del 10.5% al 15.9% de los batazos, y por encima de 2.50 cayó de 46.0% a 37.8%.

El bateador no empezó a producir más rodados a una misma altura. El contacto empezó a ocurrir más abajo.

La misma cuenta hecha hacia adelante da lo contrario, y no es una contradicción sino la segunda mitad de la historia. Entre 2015 y 2025 el rodado baja de 45.7% a 41.4%, cuatro puntos y tres décimas. Si se congela el reparto de alturas de 2015 —o sea, si se finge que a los bateadores les siguen tirando exactamente donde les tiraban entonces— la caída sigue siendo de 3.3 puntos, el 77% del total. Esta vez el cambio de altura no alcanza para explicar la caída.

Y se ve altura por altura. Una pelota que cruza por debajo de pie y medio producía rodado el 65.7% de las veces en 2015 y lo produce el 60.3% hoy, que es la caída más grande de las nueve bandas. Entre dos pies y dos y cuarto, de 48.6% a 45.0%. En las nueve bandas el rodado baja desde 2015, y el ángulo de salida sube desde 2016 —el primer año que el sistema mide comparable— sin una sola excepción. A una misma altura, el patrón de contacto cambió, aunque esta descomposición no separa la velocidad, el tipo de lanzamiento, la ubicación horizontal ni el conteo.

Todo esto también aclara contra qué reaccionó el bateador. En su momento se dijo que el swing se puso de abajo hacia arriba para esquivar el shift, y era una explicación razonable mientras nadie mirara el antes. Con el antes delante sobra: entre 2008 y 2015 el bateador no estaba huyendo de una defensa recolocada, se estaba hundiendo. Bateaba cada vez más al piso y se ponchaba cada vez más, las dos cosas a la vez y a lo largo de ocho temporadas. La cronología encaja mejor con una respuesta al aumento de los rodados que con una respuesta dirigida contra el shift. Y desde que lo prohibieron en 2023 el rodado siguió bajando: en 2023, en 2024 y en 2025.

Queda una pregunta de orden, y su respuesta pone las cosas en su sitio. ¿Qué vino primero, el ponche o el swing?

El ponche. Y no por poco. Midiendo en ventanas de tamaño parecido, así se movió el porcentaje de ponches del titular promedio:

Tabla 5.4. Qué tan rápido subía el ponche, en ventanas de tamaño parecido

El porcentaje de turnos en que se ponchó el titular promedio —cuatrocientos turnos o más—. "Cambio en el periodo" compara la primera temporada con la última; "ritmo anual" es la pendiente calculada sobre todas las temporadas del tramo. Los tres tramos son de ocho, ocho y nueve temporadas a propósito, porque comparar ventanas muy desiguales fue lo que hizo parecer que el ponche se estaba acelerando cuando en realidad venía frenando. La temporada de 2020 queda fuera. Fuente: Retrosheet.
PeriodoPonches en la primera temporadaEn la últimaCambio en el periodoRitmo anual
2000-200715.5%15.9%+2.6%−0.02
2008-201516.3%18.6%+14.1%+0.38
2016-202519.6%21.0%+7.1%+0.16

La explosión del ponche ocurrió entre 2008 y 2015, antes de que nadie hablara de launch angle, y después se frenó a menos de la mitad. El titular promedio pasó de ponchar 16.3% de sus turnos en 2008 a 18.6% en 2015; el swing cambió después.

Eso reordena las cuatro explicaciones. La de que todos quieren dar jonrón y por eso se ponchan queda debilitada: cuando los bateadores empezaron a elevar la pelota, ya llevaban ocho años ponchándose cada vez más. Elevar se parece menos a la causa del problema que a una respuesta —sacarle valor al contacto que todavía quedaba— en un juego donde el contacto ya se estaba perdiendo.

Y el jonrón tampoco encaja como motor. No cambió de pendiente sino de nivel: saltó de 2.02 por juego en 2015 a 2.31 en 2016 (+14.4%) y se quedó ahí. Un salto de un año, sin pendiente antes ni después, se parece más a un cambio en la pelota que a un cambio en el swing.

La octava sospecha, la que no se podía medir antes

Hay una explicación más que el fanático repite y que no entró con las siete del principio. No por olvido: para ponerla a prueba hacía falta todo lo que este capítulo acaba de establecer —que el swing cambió, cuándo, y con qué se mide—. La queja dice que los bateadores se ponchan más porque andan buscando el ángulo.

Ordenar a los titulares por el ángulo de sus batazos y mirarles el ponche parece darle la razón enseguida. Del quintil que menos eleva al que más, el ponche sube de 18.9% a 22.5%: tres puntos y medio.

Pero esa cuenta tiene la misma trampa que ya apareció dos veces en esta investigación. El que eleva es casi siempre el que le pega duro, y el que le pega duro se poncha más: en ese mismo recorrido, del primer quintil al quinto, la tasa de jonrón casi se duplica, de 2.4% a 4.4%. Así que esa tabla puede estar midiendo la fuerza y llamándola ángulo.

La manera de separarlas es congelar la fuerza: comparar el ángulo solo entre bateadores que sacan la pelota a la misma velocidad.

Tabla 5.5. El ángulo y el ponche, con la fuerza congelada

Cada fila compara, dentro de su banda de velocidad de salida, al quintil que menos eleva con el que más eleva. Titulares de 400 turnos o más, de 2015 a 2026, con los quintiles tomados dentro de cada temporada para que el ascenso general del ángulo no se cuele en el ordenamiento. La velocidad de salida promedio de sus batazos se usa como medida de fuerza porque, a diferencia del jonrón, no es consecuencia del ángulo. Los 3.2 puntos de ponche y los casi ocho de wOBA que cita el texto son el agregado sobre todos los bateadores, donde cada banda pesa según cuánta gente hay en ella, y no el promedio de estas cinco filas. Fuente: el sistema de seguimiento de MLB.
Velocidad de salidaÁnguloPonchewOBA
Bajo 86 mph5.4° → 17.2°15.3% → 17.3%.322 → .325
De 86 a 887.3° → 18.4°18.0% → 21.0%.329 → .333
De 88 a 907.0° → 19.3°19.6% → 22.6%.342 → .349
De 90 a 926.6° → 18.8°20.6% → 24.2%.353 → .366
92 o más7.4° → 18.3°20.9% → 26.3%.376 → .391

La queja acierta. Con la fuerza congelada, elevar sigue costando 3.2 puntos de ponche, y el costo crece con la fuerza: el bateador que saca la pelota a 92 millas o más paga cinco puntos y medio por elevar.

Lo que la queja no dice es la otra columna. En las cinco bandas, sin excepción, el que eleva produce más: casi ocho puntos de wOBA, y quince en los que le pegan más duro. No es un vicio ni una moda: es un intercambio, y para el bateador que tiene fuerza es un intercambio que conviene. Elevar cuesta contacto y devuelve carreras, y devuelve más de lo que cuesta.

Eso cierra la sospecha por los dos lados. Cierta en el bateador. Falsa en la liga. Cierta porque el hombre que eleva se poncha más, y eso está medido. Falsa como explicación de lo que le pasó al béisbol, porque el ponche de la liga llevaba ocho años subiendo cuando el swing empezó a cambiar. El bateador no eligió poncharse: eligió, en un juego donde ya se ponchaba, sacarle carreras a las pelotas que todavía conectaba.

El ponche llegó primero y el swing cambió después. El lanzador todavía tenía una respuesta, y esa respuesta completó la secuencia. Falta ver qué produjo el circuito y a quién puede reclamársele el resultado.

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