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Lo que nadie está nombrando (3/6)

Después de medir siete explicaciones habituales en la serie histórica de Grandes Ligas, la investigación cambia de unidad: cuánto ocurre entre una jugada y otra, cómo se sostienen las amenazas y cuánto pesa cada tramo del partido.

Por Alberto Perdomo · 13 Oct 2026 · 16 min de lectura
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El fanático no se equivocó. Se equivocó de culpable — Parte 3 de 6

Artículo anterior:
Parte 2 — Los dos acusados que tienen cara
Inicio de la serie:
Parte 1 — Los cinco sospechosos de siempre

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Las siete sospechas habituales ya fueron medidas y ninguna basta para explicar la queja. Algunas dejaron pistas, pero no una respuesta. La investigación cambia ahora de pregunta: ya no quién arruinó el juego, sino qué dejó de ocurrir dentro de él.

Lo que sí cambió

Las pelotas puestas en juego cayeron de 58.1 por partido en 1956 a 49.1 en 2025. Nueve menos, un 15.5%. Los ponches subieron 7.5 por partido en el mismo tramo: más de cuatro de cada cinco de esas pelotas se convirtieron en un tercer strike.

Y la comparación juega en contra del hallazgo, no a favor. En 1956 los lanzadores bateaban en las dos ligas y hoy no batea ninguno. Sacar de la alineación al peor bateador del béisbol y poner en su lugar a uno de verdad debería haber subido las pelotas puestas en juego. Bajaron nueve.

Y con esas nueve se fue todo lo que una pelota puesta en juego hace posible. No es una jugada: es materia prima. Es el rodado al campocorto que pone a correr a media defensa, la bola agarrada a mano limpia y tirada en el aire, el doble play que se completa por una décima, el tiro desde el hoyo que llega un paso antes que el corredor, el elevadito que cae entre dos que se miraron, la línea que el jardinero atrapa a la altura de las rodillas, la carrera que anota porque el segunda base dudó, el error que abre una entrada. El ponche no produce ninguna de esas cosas. Deja a siete hombres parados en el terreno sin haber tenido que moverse, y un bateador caminando al dugout.

Esas nueve pelotas tienen además una consecuencia que casi nadie cuenta: la defensa tiene nueve oportunidades menos de fallar. El error por juego bajó de 1.82 en los años cincuenta a 1.05 hoy, y el 41% de esa caída no es mejor guante: es que hay menos que fildear. Con el error se fue también el corredor que aparecía de la nada, el caos, la única jugada del béisbol en que alguien llega a base sin que nadie haya hecho nada bien.

Pero el número que de verdad muerde aparece cuando se divide entre el tiempo.

La medida no es nueva. Jeff Sullivan la trabajó en FanGraphs en 2017 y Tom Verducci cerró con ella la década de 2010 en Sports Illustrated: le salió que el tiempo entre una pelota en juego y la siguiente se había alargado casi un tercio en diez años. Lo que se agrega aquí es el tramo largo, desde 1956, y lo que ocurrió después, cuando llegó el reloj.

Tabla 3.1. Cuánto béisbol cabe en una hora de béisbol

"Pelotas en juego" son las apariciones al plato menos los ponches, los boletos, los golpeados y los jonrones: lo que la defensa tuvo que jugar, contando los dos equipos. "Minutos de juego" es la duración promedio de los partidos que la traen registrada en el boxscore. "Acción por hora" divide la primera fila entre la segunda y multiplica por sesenta, con las cifras redondeadas que aparecen aquí. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
195620192025
Pelotas en juego58.149.049.1
Minutos de juego152190161
Acción por hora22.915.518.3

En 1956 pasaba algo cada dos minutos y treinta y siete segundos. En 2019, cada tres minutos y cincuenta y dos. Un tercio menos de béisbol por hora de béisbol.

Y aquí vuelve 2023. Ya quedó dicho que ese año prohibieron el shift sin devolver ni medio hit, y que agrandar las bases sí devolvió el robo. Falta la cuarta regla: el reloj de lanzar. No tocó los ponches, ni los jonrones, ni nada de lo que pasa entre las líneas; solo le quitó el tiempo muerto al juego. El efecto se ve en la comparación limpia, la de la temporada anterior contra la siguiente: los partidos pasaron de 186.6 minutos en 2022 a 162.3 en 2023, veinticuatro minutos menos de un año al otro. En la comparación más larga de la Tabla 3.1, la acción por hora pasó de 15.5 en 2019 a 18.3 en 2025.

Cuatro reglas el mismo año, agrupadas en tres intervenciones. Las dos que produjeron los cambios más claros no tocaron el bateo: el paquete de bases más grandes y pickoffs limitados le cambió el precio a correr, y el reloj le quitó la espera. El reloj no tocó cuántas jugadas hay: tocó cuánto tiempo pasa entre una y la siguiente, que para la acción por hora era el problema que sí se podía arreglar.

Y hay una manera de decirlo que se acerca todavía más a la experiencia de estar sentado frente al televisor. En 1988 hacían falta 4.8 lanzamientos por cada pelota puesta en juego. Hoy hacen falta 5.8. Un lanzamiento entero más de espera por cada vez que algo ocurre.

Eso, dicho sea de paso, explica una sensación que se repite mucho y que los números matizan: la de que hoy uno se pasa el juego pendiente de si el lanzamiento mordió la zona. No es que los bateadores de hoy dejen pasar más lanzamientos: la proporción de lanzamientos tomados es prácticamente la misma de 1988, 52.2% contra 52.1%, y el ponche cantado hasta bajó, de 26.2% de los ponches a 23.1%. Lo que cambió es la atención disponible. Con menos pelotas en juego y un lanzamiento más de espera por cada jugada, sobra tiempo para mirar; y desde que la zona de strike aparece dibujada en la pantalla, ese tiempo tiene dónde ir. El fanático de los ochenta no discutía cada lanzamiento porque no tenía con qué, y porque estaba ocupado mirando otra cosa.

Por qué el rally se corta antes

El 28 de julio de 2025, en Cincinnati, los Dodgers les ganaron 5-2 a los Rojos con Yoshinobu Yamamoto en la lomita. En la cabina de transmisión, el narrador John Sadak comentó lo que comenta todo el mundo: que los jonrones ganan juegos. Barry Larkin, campocorto del Salón de la Fama y comentarista de la transmisión, respondió con cuatro palabras: también detienen los rallies.

Esa frase no es una opinión: es una afirmación que se puede medir. Y nombra exactamente lo que falta explicar: por qué el juego se siente distinto si la tensión no se movió.

Un rally no es un momento: es una secuencia. Corredores que se acumulan, la entrada que no se cierra, el estadio que se levanta de a poco. Eso se puede contar directamente: turnos seguidos, dentro de la misma media entrada, con alguien en base.

Contadas por juego, y separadas por cuánto duraron:

Tabla 3.2. Rachas de turnos con corredores en base, por juego

Una racha es una serie de turnos consecutivos de la misma media entrada con al menos un corredor en base; las cinco primeras columnas cuentan cuántas hay por juego según cuántos turnos duró cada una. Las dos últimas cuentan todos los turnos con corredores en base, no solo los que cierran una racha. Todo por juego, sumando los dos equipos. Quedan fuera 1981, 1994, 1995 y 2020. Fuente: Retrosheet.
Década1 turno2 turnos3 turnos4 turnos5 o másPonches con gente en basePelotas en juego con gente en base
19103.132.712.841.841.763.1228.42
19203.272.822.912.002.122.6831.84
19303.192.792.851.992.162.9731.08
19403.172.742.841.931.993.0429.36
19503.512.822.771.821.823.8227.09
19603.442.782.701.731.604.7824.52
19703.412.802.701.791.714.4325.69
19803.482.802.661.781.684.5925.21
19903.482.842.681.791.815.3125.05
20003.502.812.671.811.815.6624.47
20103.462.792.601.731.616.4422.34
20203.302.732.641.701.607.0421.26

El béisbol viene perdiendo rallies. Comparando las cuatro décadas de 1950 a 1989 con lo que llevamos desde 2010, las cinco columnas bajan sin excepción:

  • Amenazas de un solo turno: −2.3%.
  • De dos turnos: −1.4%.
  • De tres: −3.2%.
  • De cuatro: −3.7%.
  • De cinco o más: −5.7%.

El total pasó de 12.45 rachas por juego a 12.08, un 3.0%. Pero ese promedio esconde la forma de la pérdida, y la forma es lo que importa: mientras más larga la amenaza, más desapareció. Las cortas —de uno y dos turnos— cedieron 1.9%; las de tres en adelante, 4.0%, y de ahí para arriba la pérdida se agranda paso a paso: 3.2%, 3.7% y 5.7%. Lo que se está perdiendo no es tanto que empiecen amenazas como que lleguen a alguna parte.

Y las dos últimas columnas dicen qué se hace dentro de esas amenazas, que es la otra mitad del asunto. Los ponches con gente en base pasaron de 3.82 por juego en los años cincuenta a 7.04 (+84.3%): casi el doble. Las pelotas puestas en juego con gente en base cayeron de 27.09 a 21.26 (−21.5%). Y esas dos cifras se movieron mucho más que el número de amenazas, que bajó 3.0%. Las amenazas se están perdiendo, sí, pero lo que más cambió es lo que ocurre dentro de las que quedan.

Vale la pena parar en el sitio donde esas amenazas viven. De los veinticuatro estados posibles de bases y outs, el de más leverage no es el que uno diría: son las bases llenas con dos outs, que promedian 2.66, y detrás las llenas con uno. Primera y segunda con un out viene cuarto, con 1.90. Pero las bases llenas ocurren en el 2.4% de los turnos y primera y segunda en el 7.0%: tres veces más. No es donde más se juega cada vez. Es donde el partido se juega más veces.

Tabla 3.3. Primera y segunda, el estado de alto leverage más frecuente

Estado de bases al empezar el turno, sumando los tres conteos de out. "Turnos por juego" cuenta los dos equipos. Las dos columnas de ponche son el porcentaje de turnos de ese estado que terminan en ponche; las dos últimas multiplican los turnos por juego de ese estado por la proporción que termina en pelota puesta en juego. Quedan fuera 1981, 1994, 1995 y 2020. Fuente: Retrosheet.
DécadaTurnos por juegoPonche en primera y segundaPonche con las bases vacíasPelotas en juego por juego en primera y segundaPelotas en juego por juego con las bases vacías
19505.9811.3%11.9%4.6631.90
19605.1115.0%15.6%3.8431.48
19705.4213.4%13.9%4.1731.82
19805.2414.6%14.7%3.9931.83
19905.4716.0%16.4%4.0130.56
20005.6017.3%17.6%3.9730.14
20105.1020.3%21.3%3.4929.08
20205.0722.1%23.4%3.3127.41

Las dos columnas de ponche están para responder una parte de una pregunta obvia: si el momento pesa más, ¿el bateador se acorta? En el ponche, no. El ponche con dos hombres en base subió de 11.3% a 22.1% y con las bases vacías subió de 11.9% a 23.4%. Las dos series se movieron casi juntas durante setenta y cinco años. La brecha siguió siendo pequeña, aunque pasó de 0.6 puntos en los años cincuenta a 1.3 en la actualidad. No aparece una reducción adicional del ponche cuando el estado de las bases pesa más: la tasa se movió prácticamente igual con primera y segunda que con las bases vacías.

Las dos últimas columnas dicen dónde cayó la pérdida, y no cayó pareja. Con las bases vacías el juego perdió 14.1% de sus pelotas puestas en juego. En primera y segunda perdió 29.0%, casi el doble, y casi el doble también de la caída general del béisbol.

Y esa diferencia no es un misterio: es la misma historia contada un paso más adelante. Menos corredores llegan a base, así que hay menos turnos con dos hombres esperando —de 5.98 por juego a 5.07—, y dentro de esos turnos también se batea menos la pelota. Las dos cosas se multiplican. En cantidad absoluta se perdieron más pelotas con las bases vacías, porque ese estado es mucho más frecuente. Pero la caída proporcional fue mucho más fuerte con primera y segunda: 29.0%, contra 14.1% con las bases vacías. El juego perdió contacto en todas partes, y lo perdió a una velocidad especialmente alta en uno de sus estados de mayor tensión.

¿Y qué tiene que ver el jonrón? Aquí está el mecanismo. Tomando todas las veces que un bateador conectó con un corredor en primera y ningún out —el mismo estado exacto, para que la comparación sea limpia— esto es lo que pasó después, dentro de esa misma entrada:

Tabla 3.4. Lo que deja cada batazo con un corredor en primera y ningún out

Todas las veces, de 1910 a 2025, en que un bateador conectó ese batazo con un corredor en primera y ningún out: 152,606 sencillos, 35,083 dobles, 5,206 triples y 18,074 jonrones. Las cuatro columnas miden lo que quedó inmediatamente después, dentro de esa misma media entrada. "Diferencia en el marcador" es la distancia entre los dos equipos justo después del batazo. "Turnos con tensión" son los de leverage index de 1.00 o más. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
El batazoCorredores que dejaDiferencia en el marcadorTurnos que siguenTurnos con tensión que siguen
Sencillo1.951.994.022.48
Doble1.642.124.292.29
Triple0.962.174.301.64
Jonrón0.002.644.241.03

El jonrón no acorta la entrada. Después de un jonrón la media entrada dura incluso un poco más que después de un sencillo.

Lo que el jonrón hace es vaciarle de golpe la tensión a la entrada. Después de un sencillo quedan 2.48 turnos con tensión por delante; después de un jonrón, 1.03. La entrada sigue, pero con mucho menos en juego.

Y la segunda columna muestra que no es solo el marcador. El doble y el triple lo dejan prácticamente igual —2.12 y 2.17 carreras de diferencia— y, sin embargo, el triple deja el juego mucho menos tenso. Lo que los separa es el estado de las bases que dejan detrás: 1.64 corredores contra 0.96, y además en distinta almohadilla. Eso apunta al efecto del estado de las bases.

El jonrón hace las dos cosas a la vez, y por eso su caída es la mayor. Es el único batazo que garantiza dejar las bases vacías.

Esto, además, no es nuevo. De los años cincuenta para acá el jonrón ha dejado siempre entre 0.98 y 1.07 turnos con tensión por delante, y el sencillo entre 2.45 y 2.50, década tras década y sin una sola excepción. El mecanismo lleva setenta años sin moverse. Lo que cambió es cuántas veces ocurre y cuántos rallies quedan.

Y cuánto pesa. Esta es la puerta por donde entran las carreras del béisbol, década por década:

Tabla 3.5. Por dónde entran las carreras, década por década

Cada carrera se clasifica por el evento con el que anotó: cuando medió un hit y la carrera fue impulsada se le atribuye a ese tipo de hit. "Sin hit" reúne todo lo demás: boleto con las bases llenas, elevado de sacrificio, rodado de out, error, wild pitch, passed ball, robo de home, y también la carrera que entra en una jugada de hit sin quedar impulsada. La columna de carreras son las carreras por partido, contando a los dos equipos. Quedan fuera 1981, 1994, 1995 y 2020, temporadas acortadas. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
DécadaCarrerasSencilloDobleTripleJonrónSin hit
19508.932.8%13.2%4.2%30.4%19.4%
19608.132.7%12.5%3.5%31.9%19.3%
19708.333.8%13.9%3.5%28.7%20.2%
19808.632.1%14.5%3.3%30.1%20.0%
19909.329.9%15.6%2.8%32.6%19.0%
20009.527.7%16.6%2.5%35.9%17.4%
20108.826.9%15.8%2.5%38.2%16.7%
20208.925.7%15.2%1.9%41.1%16.0%

El jonrón subió de 30.1% a 41.1% desde los años ochenta, y esos once puntos se los quitó a alguien. La tabla dice a quién: sobre todo al sencillo, que cayó de 32.1% a 25.7%; también a las carreras que entran sin hit, que cedieron cuatro puntos, y al triple, que perdió más del cuarenta por ciento de lo que era. El doble, en cambio, terminó siete décimas por encima de los años ochenta.

O sea que no es que el béisbol anote menos. Anota 8.9 carreras por partido, un poco más que las 8.6 de los años ochenta. Lo que cambió es la puerta por donde entran, y la puerta que ganó es la única que no depende del corrido de bases.

El récord del jonrón es de 2019, con 45.2%, y 2025 cerró en 41.1%. Es decir: dos de cada cinco carreras del béisbol de hoy entran sin que una jugada de corrido decida nada. Alguien la saca del parque, los que estaban trotan, y se acabó.

Las carreras que entran sin un solo hit bajaron de 20.2% en los setenta a 16.0% hoy. Una de cada cinco carreras se fabricaba sin hit; hoy es una de cada seis. También ahí desapareció trabajo del terreno.

Ahí se cierra el círculo del rally. La vía principal de anotar es precisamente la que no acumula nada: la que cobra lo que haya en base y deja el terreno limpio.

El hallazgo

Todo lo anterior explica por qué hay menos que ver. Pero queda una última medición, y es la que de verdad describe la sensación.

Un partido de béisbol solía construirse. Las primeras entradas eran presentación, las del medio desarrollo, y el final pesaba más que todo lo anterior. Eso no era poesía: era medible. Un turno del noveno inning ponía en juego bastante más probabilidad de victoria que uno del segundo.

Esta es esa medida: cuántos puntos porcentuales de victoria mueve un turno, entrada por entrada.

Tabla 3.6. Lo que pone en juego un turno según la entrada, en puntos porcentuales de victoria

Cada celda es cuántos puntos porcentuales de victoria mueve, en promedio, un turno de esa entrada; es la misma unidad de la Tabla 1.5, en la primera entrega. La última columna divide lo que pesa un turno de la séptima a la novena entre lo que pesa uno de las tres primeras. Las entradas extra quedan fuera. Temporada regular. Fuente: Retrosheet.
Década1ª2ª5ª8ª9ª7ª-9ª ÷ 1ª-3ª
19103.713.133.203.364.201.048
19203.693.173.323.364.381.065
19303.713.203.363.484.381.078
19403.733.103.283.314.381.067
19503.663.073.263.364.141.060
19603.573.003.223.344.311.096
19703.623.063.173.314.231.075
19803.553.093.283.304.101.059
19903.673.133.343.253.971.019
20003.623.173.403.233.821.003
20103.603.183.373.043.730.973
20203.553.263.413.173.860.987

Las primeras entradas están donde siempre. La segunda incluso subió. Lo que se cayó es el final, y no como una diferencia entre dos décadas sueltas sino como una pendiente. La novena entrada estuvo entre 4.10 y 4.38 puntos porcentuales de victoria por turno durante ocho décadas seguidas, hasta los años ochenta, sin dirección ninguna. Después bajó durante tres décadas: 3.97 en los noventa, 3.82 en los 2000 y 3.73 en los 2010. En los 2020 recuperó una parte, hasta 3.86, pero sigue por debajo de todo el período anterior a los noventa. La novena entrada lleva tres décadas fuera de su rango histórico, aunque la caída se detuvo en la década actual.

Y conviene recordar contra quién se bateaba esa novena entrada en los sesenta: contra el abridor cansado, o contra el relevista que no era el mejor del cuerpo. Hoy no la lanza ninguno de los dos.

Y la última columna es la que cuenta la historia completa. Es cuánto pesa un turno del séptimo al noveno comparado con uno de las tres primeras entradas. Estuvo entre 1.05 y 1.10 durante ochenta años. Quedó igualada en los años 2000 y cayó por debajo de 1.00 en los años 2010.

Desde entonces, un turno del último tercio del juego pone en juego casi lo mismo que uno del primero.

Todo lo demás encaja debajo de eso como explicación. Las rachas largas de corredores están empatadas con los años sesenta en el nivel más bajo de la serie; la caída de pelotas en juego es más fuerte al final que en el resto del partido; y la vía de anotar que más creció desde los años cincuenta es la única que garantiza dejar el terreno limpio justo cuando ya no queda tiempo para volver a llenarlo.

Puede que ahí esté buena parte del aburrimiento. No es que el béisbol tenga menos tensión: la tiene igual. Es que dejó de guardarla para el final. El partido ya no se construye hacia ningún lado: el tercer acto se cayó. Llegas al noveno y no hay noveno.

Falta saber qué ocupó ese final.

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